Y se acabó.
Septiembre se fue tal como vino, por la puerta de atrás sin
hacer demasiado ruido y con muchas ganas de fastidiar. Para muchos la vuelta al
cole, al trabajo, a la universidad, a los estudios, a los encuentros con los
viejos colegas, con la familia, con los vecinos, con las colas de las taquillas
del cine los días de oferta y promoción; vuelta a la rutina, anhelada y
repudiada a partes iguales por toda la humanidad. Comienzan nuevas series televisivas, las
fiestas universitarias, las nuevas amistades en tugurios y antros de la Alameda
o la plaza de la Alfalfa, por ejemplo. Extranjeros de medio mundo acuden a
nuestra ciudad a aprender el idioma local, degustar nuestra cerveza y disfrutar
de los monumentos y museos. Pero no todo es empezar.
El verano acabó hace algún tiempo, todos nos dimos cuenta de
ello. Pero hasta que no ves que tu hoja del calendario anual pone “OCTUBRE” así,
con letras grandes y redondas no eres consciente de que, de todas todas, el
verano se marchó para no volver. Miro con pena hacia el mío y veo todos los
días tachados, cada día y casi siempre a la misma hora. Rutina. Esa ha sido, y
será, mi rutina y prioridad diaria. Tachar días del calendario. Dejar pasar el
tiempo. Ver como se escurre ante mis propias narices.
Este año el frío se ha anticipado y viene pegando fuerte. “Se
acerca el invierno”, dirían algunos. Y es cierto. Se acerca y bastante rápido.
Un tren que no para en ninguna estación y viene derechito hacia aquí. Volverá
el tiempo de película y manta en el sofá de casa, de calefactores en el baño
antes de la ducha, de gruesos edredones en las camas. Volverán las bufandas,
guantes y pañuelos, las botas de agua y paraguas de vivos colores. Regresarán
las costumbres añoradas de abrazarte a alguien para no sentir frío, de narices
enrojecidas por el viento gélido, de ojos llorosos.
Volverá el tiempo de echar de menos a todas aquellas
personas que no están con nosotros. Ni lo estarán.
Feliz Octubre.

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