No eres
más que aquella mujer cuya vida tangente tuvo a bien de compartir un tiempo a
mi lado.
Compañera,
la más bella y ruin que pude encontrar al lado del camino, tumbada inmaculada
entre la hierba rejuvenecida. Y a su alrededor, no más que destrucción y flores
muertas.
De piel
morena y sangre tibia, belleza inmarcesible que aún vive en mis recuerdos.
Suave cascada de ébano que, suicida, nace desde los pies de tu cabeza para morir
a la altura de tus hombros marcados.
Mujer,
sin duda, llena de bravura y ternura, fuente inagotable de fe en sí misma. Una
leyenda viva, un ejemplo de constancia, frialdad a ras de piel, muerte y amor.
Fuiste blanco y negro, nunca gris. Los matices los perdiste mientras atabas las
cintas de tus tacones altos.
De
anchas caderas gitanas, dulce temor de los caídos, ansiado veneno del vencido y
venganza de aquel que en el cénit de la victoria creyó poder poseer por más que
unos fugaces instantes, como fina arena entre los dedos temblorosos de aquel
que ha sido herido y muerto, de y por amor.
De
panales rebosantes de miel que te observan y atraviesan el pecho hasta
encogerte el corazón.
Melosa mirada pícara de inocencia simulada, acompañada
por el brillo cegador de las perlas de tu boca, vil cavidad por la que escupes
ácido mortal.
No fuiste
más que aquella mujer cuya vida tangente tuvo a mal de compartir un infierno a
mi lado. Y como buena tangente, seguiste tu camino hacia el infinito.
Imparable. Incesante.
Pero el destino es caprichoso y tiene a bien hacer pagar
a deudores y poner a bailar en el asfalto sentimientos redivivos. Es entonces
cuando nos encontraremos para poner los ases al descubierto, y los trucos
ocultos sobre la mesa. Y será en ese momento cuando, carentes de ropa y vergüenza
por los años de vida sobre los hombros, acaricie tu piel de lava y ardan
de pasión las yemas de mis dedos, mi corazón y mi alma.

