Imagina un edificio grande y circular, de blancas paredes
encaladas y con una cúpula brillante coronándolo como rey y señor del skyline.
El aire se nota húmedo, tal vez algo enrarecido, y eres capaz de notar el sabor
salado del mar y en el cielo azul despejado con un sol nublado sin explicación
no hay pájaros. No hay sonido, solo un sepulcral silencio aterrador.
Imagina estar sentado en un resquicio circular de ese
edificio, a una altura considerable. Miras a tu alrededor buscando edificios,
montaña, playa. Vida. Pero no hay nada, no eres capaz de distinguir más allá de
unos metros delante de ti. No hay niebla, no hay nada que impida ver alrededor
pero no puedes. Un extraño ruido hace que mires a tu lado derecho y encuentras
una maceta con limones frescos y brillantes manzanas. De la tierra de esa
maceta brota agua que se desborda y se precipita hacia el vacío. Y cuando miras
te das cuenta que el nivel de agua sube rápidamente hasta el resquicio donde te
encuentras. Te asustas, claro, y te pones de pie. ¿He comentado que estabas
sentado? Pues sí, con los pies colgando en un estado de relajación absoluto
aunque con una pizca de inquietud. No sabes por qué pero tienes la sensación de
que todo eso no va a acabar bien. Cuando te pones de pie te das cuenta que donde
estaba la maceta ahora está un amigo tuyo, que te mira fijamente y te señala a
tu lado izquierdo, en el suelo. Miras y ves que alguien está serrando un círculo
perfecto desde dentro y se asoma. Es un señor vestido con ropajes árabes que
cuando sale, sonriente, aplaude. Y entonces justo a la altura del resquicio
aparece una ladera que desemboca en un río, o mar u océano, no sabes bien que
es exactamente. Ves la hierba y el barro encharcados y un sendero que conduce a
otro sitio.
Imagina que sacas valor para andar por ese sendero que no
sabes dónde conduce. Tu única preocupación es no mojarte los pantalones para no
estropear tus ajados zapatos. Te recoges los bajos un poco y empiezas a andar
por el agua. Para sorpresa de todos no te mojas y eres capaz de caminar sobre
el cristalino líquido. Tras unos instantes llegas al interior de otro edificio
donde el señor de antes tiene una especie de bazar junto a un pub irlandés. El
señor, que parece llamarse Cucú, te invita a pasar al interior de su establecimiento
para que contemples sus numerosos artículos artesanos. Te fijas en un precioso
reloj de arena tallado a mano, con apenas arena en la parte superior. Ves caer
los granos hipnóticamente uno a uno. Oyes una voz que te habla. Es Cucú. Te
dice: “se te acaba el tiempo, ¿Qué piensas hacer?”. Cierras los ojos con fuerza
y los abres.
Imagina estar en una calle conocida, peatonal, tal vez el
sitio donde vives. Quién sabe. Estas sobre un vehículo que puede ser una moto,
una bicicleta, un patinete. No lo sabes ni te importa. Tu mirada te queda fija
en un coche verde antiguo que está aparcado junto a ti, en mitad de la calle.
Piensas que la policía debería multarlos. Del coche salen dos personas, una
desconocida y otra chica que conoces bien. O que más bien conociste pero no
quieres conocer. Te mira y te reconoce. Tú no la quieres reconocer. Piensas “¿Por
qué apareces hasta en mis sueños? Ella te mira y te responde: “¿Sueño? ¿Qué
sueño?”. Sonríe y arranca el vehículo. Cierras los ojos fuerte y los abres.
Imagina estar de vuelta en el bazar, con Cucú mirándote
fijamente. Estás frente al reloj de arena de nuevo, viendo transcurrir los
granos temporales. Lentos, cayendo a la montaña inferior como plomos de pesca.
Miras a Cucú y le dices “Se me acaba el tiempo ¿Qué puedo hacer?”. Te mira.
Sonríe y te dice: “Nada”. Cierras los ojos fuertes y los abres.
Imagina una habitación oscura con luces negras. Intuyes que
estás sentado en un sillón. Miles de dientes blanqueados danzan alrededor con
dulzura, al son de una suave música inexistente. Parecen decir algo pero no
eres capaz de interpretarlo. De pronto se unen para formar un reloj de arena
ficticio, donde caen dientes en vez de arena. Y todos, absolutamente todos
pronuncian en sonoro silencio “¿QUE PIENSAS HACER?”. El sillón tiembla y caes
de espalda. Todo está oscuro, los dientes se han ido. Una luz cegadora te hace
ver que en realidad estás en el resquicio del edificio blanco, igual que al
principio, sentado. Pero esta vez tienes el reloj de arena de Cucú en la mano.
Asustado por el extraño viaje te das cuenta de que no estás solo: Cucú, tu
amigo, la desconocida y la conocida están sentados junto a ti. La maceta no
aparece por ninguna parte, pero no te parece importante. Hasta que te das
cuenta de que en el interior del reloj de arena hay una planta mustia, reseca.
Muerta. Todos te miran fijamente y al unísono dicen: “¿Qué piensas hacer? Se te
ha acabado el tiempo”. Miras el reloj de arena y ves que apenas quedan unos
granos en la parte superior. En un ataque repentino de ira, te pones de pie y
estrellas contra el suelo el dichoso reloj. La arena comienza a inundar el
lugar, como con el agua. Miras el precipicio de arena caoba y te lanzas, brazos
abiertos en un intento de arrancar a volar, sin tus preciados zapatos viejos y
con pantalones y camisa blanca de lino.
Imagina ser dueño de tu tiempo, de tu vida. Imagina ser
dueño de tus sueños y realidades. De tus amistades, y lugares conocidos.
Imagina por un momento ser dueño de los elementos y el universo. Y, mientras imaginas
todo eso, vas cayendo en una montaña de arena que te atrapa, te envuelve y te
arropa con un calor y un cariño como antes nunca te han dado. Imagina por un
instante estar dentro de ese reloj de arena y ser solo un grano más de lo que
llamamos tiempo.
Imagina no soñar.
Imagina no despertar. Jamás.

No hay comentarios:
Publicar un comentario