domingo, 10 de mayo de 2015

Primavera y 1/4




No eres más que aquella mujer cuya vida tangente tuvo a bien de compartir un tiempo a mi lado.


Compañera, la más bella y ruin que pude encontrar al lado del camino, tumbada inmaculada entre la hierba rejuvenecida. Y a su alrededor, no más que destrucción y flores muertas.


De piel morena y sangre tibia, belleza inmarcesible que aún vive en mis recuerdos. Suave cascada de ébano que, suicida, nace desde los pies de tu cabeza para morir a la altura de tus hombros marcados.


Mujer, sin duda, llena de bravura y ternura, fuente inagotable de fe en sí misma. Una leyenda viva, un ejemplo de constancia, frialdad a ras de piel, muerte y amor. Fuiste blanco y negro, nunca gris. Los matices los perdiste mientras atabas las cintas de tus tacones altos.


De anchas caderas gitanas, dulce temor de los caídos, ansiado veneno del vencido y venganza de aquel que en el cénit de la victoria creyó poder poseer por más que unos fugaces instantes, como fina arena entre los dedos temblorosos de aquel que ha sido herido y muerto, de y por amor.


De panales rebosantes de miel que te observan y atraviesan el pecho hasta encogerte el corazón. 
Melosa mirada pícara de inocencia simulada, acompañada por el brillo cegador de las perlas de tu boca, vil cavidad por la que escupes ácido mortal.


No fuiste más que aquella mujer cuya vida tangente tuvo a mal de compartir un infierno a mi lado. Y como buena tangente, seguiste tu camino hacia el infinito. Imparable. Incesante.

Pero el destino es caprichoso y tiene a bien hacer pagar a deudores y poner a bailar en el asfalto sentimientos redivivos. Es entonces cuando nos encontraremos para poner los ases al descubierto, y los trucos ocultos sobre la mesa. Y será en ese momento cuando, carentes de ropa y vergüenza por los años de vida sobre los hombros, acaricie tu piel de lava y ardan de pasión las yemas de mis dedos, mi corazón y mi alma. 

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