Nada bueno sucede de madrugada, mucho menos a estas horas. Y
aún menos conmigo. En mi casa reina en silencio. Tan solo el tic-tic-tic del
reloj de pared, los suspiros intermitentes de mi mascota durmiendo, el grifo de
la cocina que gotea incesante y los fugaces ronquidos lejanos quiebran el
mágico momento. Sin embargo, mi corazón y mi mente juguetean alborotados a
recordar viejas historias inacabadas, a su manera, de dulces amores y lejanas
esperanzas.
Siempre he pensado que escribir es una manera de
desahogarse, de soltar lo que uno lleva en lo más profundo de su ser para
sentirse algo menos prisionero de sus dudas, de sus miedos y oscuros temores,
de sus penas y pesares. Somos esclavos de nuestros recuerdos, tristes
prisioneros de una bella cárcel de bambú de la que no podemos, y de alguna
retorcida forma no queremos, salir jamás. Es mucho más fácil aferrarse como un
condenado a muerte al pasado que saltar al inhóspito futuro. ¿Y si la persona
de nuestra vida se encuentra ahí, esperando a que la cojamos de la mano y
salgamos a pasear con ella? ¿Y si a la vuelta de la esquina vamos a
encontrarnos con una persona que iluminará nuestro presente y nos abrirá camino
a un esplendoroso futuro? ¿Y si por quedarnos en casa perdemos la oportunidad
de vivir una maravillosa experiencia? ¿Y si…? Tememos a lo desconocido, y
aunque morimos a cada segundo de nuestras cortas vidas que empleamos en
recordar lo que fue, seguimos haciéndolo. Temor, miedo, pavor, terror. Pánico.
La comodidad, el seguir sentados en nuestro amplio y espinoso sillón, el que
nos sangra por cada costado, es lo que hace que se pudra nuestro corazón. Y de
corazones pútridos está el mundo demasiado lleno.
Quizás este sea un buen momento para reflexionar: ¿Abrimos
nuestro corazón y saltamos al barranco de la incertidumbre o, por el contrario,
seguimos esperando a que baje un ángel que nos diga la fórmula mágica de la
felicidad? Creo que la elección, aunque dura, es bastante evidente. Saltad.
Saltad sin miedo, porque os aseguro que aunque choquéis de bruces contra el
suelo, en algún momento habrá alguien allí esperando para agarraros.
Hay besos que se consumen antes de llegar a los labios, y
labios consumidos a besos. Y ahora dime, ¿De qué bando eres?




