viernes, 23 de mayo de 2014

De nuevo las 4:01


Nada bueno sucede de madrugada, mucho menos a estas horas. Y aún menos conmigo. En mi casa reina en silencio. Tan solo el tic-tic-tic del reloj de pared, los suspiros intermitentes de mi mascota durmiendo, el grifo de la cocina que gotea incesante y los fugaces ronquidos lejanos quiebran el mágico momento. Sin embargo, mi corazón y mi mente juguetean alborotados a recordar viejas historias inacabadas, a su manera, de dulces amores y lejanas esperanzas.

Siempre he pensado que escribir es una manera de desahogarse, de soltar lo que uno lleva en lo más profundo de su ser para sentirse algo menos prisionero de sus dudas, de sus miedos y oscuros temores, de sus penas y pesares. Somos esclavos de nuestros recuerdos, tristes prisioneros de una bella cárcel de bambú de la que no podemos, y de alguna retorcida forma no queremos, salir jamás. Es mucho más fácil aferrarse como un condenado a muerte al pasado que saltar al inhóspito futuro. ¿Y si la persona de nuestra vida se encuentra ahí, esperando a que la cojamos de la mano y salgamos a pasear con ella? ¿Y si a la vuelta de la esquina vamos a encontrarnos con una persona que iluminará nuestro presente y nos abrirá camino a un esplendoroso futuro? ¿Y si por quedarnos en casa perdemos la oportunidad de vivir una maravillosa experiencia? ¿Y si…? Tememos a lo desconocido, y aunque morimos a cada segundo de nuestras cortas vidas que empleamos en recordar lo que fue, seguimos haciéndolo. Temor, miedo, pavor, terror. Pánico. La comodidad, el seguir sentados en nuestro amplio y espinoso sillón, el que nos sangra por cada costado, es lo que hace que se pudra nuestro corazón. Y de corazones pútridos está el mundo demasiado lleno.

Quizás este sea un buen momento para reflexionar: ¿Abrimos nuestro corazón y saltamos al barranco de la incertidumbre o, por el contrario, seguimos esperando a que baje un ángel que nos diga la fórmula mágica de la felicidad? Creo que la elección, aunque dura, es bastante evidente. Saltad. Saltad sin miedo, porque os aseguro que aunque choquéis de bruces contra el suelo, en algún momento habrá alguien allí esperando para agarraros.


Hay besos que se consumen antes de llegar a los labios, y labios consumidos a besos. Y ahora dime, ¿De qué bando eres?

domingo, 4 de mayo de 2014

De nuevo ese silencio



Una conversación, sonido de sillas, vasos, cubiertos. Suena el refresco al destaparlo y liberar sus millones de burbujas presas y se pierde entre el alto murmullo de la gente del bar. Ruido de platos, ir y venir del camarero diligente. Sonido de cartera y monedas, de sillas y de pasos. Escaleras mecánicas zumbando, más pasos, llaves, moto, coches, frenos, claxon e insultos. Llaves, pitón de seguridad, puerta, pestillo. Ruido de besos y dedos enredándose en tu pelo, de miradas cargadas de salvajismo animal, de fuerte deseo de devorarte. Amor y odio en un solo gesto. Sonido de cremalleras, de zapatos y de ropa deslizándose de su lugar. Gritos, chillidos, susurros, risas, caricias, el roce de tus prendas sobre tu piel al volver al lugar de donde salieron antes de entrar en mi habitación.

Una mirada, tus labios se mueven y tus ojos se clavan en los míos. Tu boca no sonríe, tus manos no me acarician. Sonido de zapatos, pasos y puerta. Se escuchan tus pasos lejanos y mi corazón se destroza con cada sonar de tus pies contra el suelo. Y después…silencio. El reloj se para, o al menos no lo oigo, el ventilador no emite ruido ni mueve el aire viciado de mi habitación. Consigo mover mi cabeza. ¿Cuánto tiempo? ¿Minutos? ¿Horas? No estoy seguro pero creo que acaba de anochecer. Mi perra mueve la boca en un intento de ladrido sordo, y la televisión muestra coloridas imágenes de un silencioso y cruel documental. El piloto del teléfono parpadea loco por llamar la atención, pero no suena.

O tal vez sea yo que, después de tanto ruido y de tanta vida me he quedado sordo de corazón y de fe. La banda sonora de mi vida se perdió en mitad de un silencio estremecedor que heló mi alma y entristeció mis sentidos.

Ya no conozco las caricias, los besos, los piropos, las miradas furtivas cargadas de intenciones; apenas recuerdo el sonido de un abrazo. Tan solo hay…silencio. Otra vez ese silencio.

De nuevo esa oscuridad

Podría estar haciendo algo de provecho en vez de escribir y mirar de reojo el reloj de mi pared con su imparable segundero que lleva la cuenta atrás. Dormir, por ejemplo. Parece que hoy es el día de no hacer nada, tan solo de apagar luces y contemplar la oscuridad. Ella me envuelve como una capa más de mi piel. La conocemos y la tememos, pero también la anhelamos en ocasiones, ya que en ella suceden los peores actos y las más bellas pasiones. Temida y respetada por la magia que posee, nos abrazamos a ella hasta que amanece.

También es sinónimo de soledad y ausencia, o incluso de secretismo. Pura ambigüedad digna del ser humano. Al igual que no hay luz sin oscuridad, no hay felicidad sin tristeza, sin desolación.

En el gélido silencio de mi habitación, sentado en mi sillón y alumbrado por la tenue luz que desprende el monitor de mi ordenador, recuerdo retazos de una vida ya pasada, de un “quiso” que no llegó a “pudo”. Pienso en ello como una tormenta incontrolable que se desata de pronto durante una plácida noche de verano en mitad del mar. Yo navego tranquilo en una pequeña balsa de falsa felicidad, y los rugidos del viento y el bramido del mar hacen que intente huir, pero el agua está congelada y moriría ahogado. Dentro de la balsa no tengo mayores probabilidades de sobrevivir, y lo único que se me ocurre en esos momentos es correr en círculos, totalmente perdido. Las olas crecen y el chillido del viento es cada vez más fuerte. La balsa se tambalea y caigo aturdido de bruces contra ella. El agua salpica por doquier calándome los huesos. Y así durante horas, tal vez días quien sabe, apabullado y desorientado me aferro a mi pequeña balsa que da vueltas, se tambalea y amenaza con desaparecer entre las olas furiosas. Lo peor es que, al despertar, estoy en una isla desierta repleta de incertidumbre y perdido y hambriento de cariño me arrastro por la arena en busca de algo que llevarme a la boca. Y pasarán días, semanas o incluso meses hasta que, una vez curtidas las heridas bajo un sol abrasador y un viento salado que hace escocer hasta el alma, sea lo suficientemente fuerte para nadar mar adentro hasta que alguien me encuentre.

Todos hemos pasado por esa tormenta, y si bien algunos tuvieron un yate en vez de una balsa, el golpe es igual de duro. Todos necesitamos cerrar heridas. Todos necesitamos hacernos fuertes.

Cierro los ojos y reflexiono, ya calmado, sobre absolutamente todo lo que me ha ocurrido durante mi tormenta personal. No ha sido la primera y eso me ha ayudado bastante; sin embargo, aún sigo perdido en la isla. Aún no he logrado escapar de mis miedos y mi pasado, no han sanado mis cicatrices. Aquí sigo esperando el momento de volver a nadar, flotar, dejarme llevar por el oleaje hasta donde quiera el destino. Aquí sigo esperando. Esperando. Esperando.

De nuevo esa luz

Sentado en el sillón aporreando teclas sin ningún motivo aparente, tan solo por el placer de escribir. En el fondo sé que no es así. Siempre hay un motivo y, en mi caso, más de uno. Liberación podría ser uno de ellos. Aburrimiento, otro. Quizás me guste más pensar que tan solo lo hago porque puedo, porque sigo aquí. 

No soy una persona con grandes cualidades ni literarias ni de ningún otro tipo pero sí que me considero un luchador: he sobrevivido a más de lo que puedo soportar, me he esforzado en seguir de pie a pesar de las caídas que no han sido precisamente pocas; he explorado rincones de mi alma tan oscuros y fríos que dejarían helados los sentidos de aquel que me los oyera narrar siquiera, bajé a mis infiernos y volví herido de muerte. Cada día me sorprendo a mí mismo con cada una de mis acciones, de mis pensamientos, de cada palabra que susurro para que nadie la oiga. Porque desde que he comprendido que la felicidad es un fino cristal bajo los pies de una manada de elefantes ya no rio, pienso, siento, beso, hablo, respiro, como, salto, duermo, juego, lloro, sonrío, toco, veo, miento, leo, oigo de la misma forma. Soy más sucio, más ruin, más infame, más cabrón. Soy lo que nunca pensé llegar a ser, soy lo que ojalá nunca sea. Cada día que pasa repudio más y más a la humanidad, odio su fe y aborrezco su cruel sentido del humor. Sin embargo, cada día soy un poco más “uno más”. Me estoy dejando absorber por la vorágine de las falsas miradas seductoras, las lenguas viperinas y las bocas perfectas. La televisión me enseña cómo vestir, hablar y reír mientras que la calle me enseña a quién desvestir, con quien hablar y de quien debo reírme para aliviar mis pesares a costa del prójimo. Me gusta llamarlo consumismo social ya que tenemos la imperiosa necesidad de imitar a falsos ídolos que nos muestran el camino a seguir en nuestras vidas, al igual que la televisión y los anuncios nos enseñan que nos falta en nuestros hogares. Nos crean necesidades, tanto materiales como de otra índole, que antes ni tan siquiera se nos pasaba por la mente. Y de esta forma justifico de ahora en adelante todas mis acciones presentes y futuras, porque si él lo hace de esta forma y tiene esa pinta de triunfador, de vividor, de que absolutamente nada malo le pasa, entonces yo también quiero eso. He oído esa frase de miles de formas durante años en boca de muchos de los que me han rodeado y ahora me toca a mí ser un borrego más. Ahora me toca caer en las arenas movedizas esperando mortalmente a que alguien tire de mi y me saque o caiga conmigo, que es lo más probable.

Cada vez es más difícil encontrar personas entre tanta gente, y yo estoy dejando de ser persona.

Mi pequeña habitación



Una habitación vacía, un lugar donde llenar de recuerdos y de vida, de objetos queridos y de bellas memorias. O tal vez sea un lugar donde soltar y almacenar bajo llave todo aquello que llevo dentro y que no quiero volver a ver en mi vida. Lo más probables es que, hoy por hoy, la última opción sea la más acertada. Algún día tendré que abrir esta habitación, desempolvar viejas historias y tristes demonios para poder llenarla de nuevo. Mientras tanto, aquí estaré.