Una mirada, tus labios se mueven y tus ojos se clavan en los míos. Tu boca no sonríe, tus manos no me acarician. Sonido de zapatos, pasos y puerta. Se escuchan tus pasos lejanos y mi corazón se destroza con cada sonar de tus pies contra el suelo. Y después…silencio. El reloj se para, o al menos no lo oigo, el ventilador no emite ruido ni mueve el aire viciado de mi habitación. Consigo mover mi cabeza. ¿Cuánto tiempo? ¿Minutos? ¿Horas? No estoy seguro pero creo que acaba de anochecer. Mi perra mueve la boca en un intento de ladrido sordo, y la televisión muestra coloridas imágenes de un silencioso y cruel documental. El piloto del teléfono parpadea loco por llamar la atención, pero no suena.
O tal vez sea yo que, después de tanto ruido y de tanta vida me he quedado sordo de corazón y de fe. La banda sonora de mi vida se perdió en mitad de un silencio estremecedor que heló mi alma y entristeció mis sentidos.
Ya no conozco las caricias, los besos, los piropos, las miradas furtivas cargadas de intenciones; apenas recuerdo el sonido de un abrazo. Tan solo hay…silencio. Otra vez ese silencio.

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