jueves, 24 de julio de 2014

Océanos



Hoy he vuelto a visitar aquel sitio. Las sensaciones fueron distintas, claro, pero había algo en el ambiente que me recordaba a ti. Tal vez las flores, la hierba, la tierra reseca, los bancos despintados y viejos, el sonido del agua corriendo, el sol en mi cara; tal vez todo era distinto en aquel momento, pero yo sentía que era igual que entonces. Necesitaba que lo fuera.

Una vez me dijiste que si algo merece ser salvado es el amor, que debemos luchar por él. Aún conservo las tarjetitas plastificadas que me regalaste por mi vigésimo segundo cumpleaños en la que resaltaba esa frase sacada, como no, de la primera película que vimos juntos. Si cierro los ojos y me concentro puedo ver con claridad aquel maravilloso momento: tú eras joven e inocente y yo un pícaro que con alguna que otra argucia había conseguido meterte sin apenas esfuerzo en mi habitación. Aunque el inocente fui yo al pensar que no sabías lo que se te venía encima. Recuerdo perfectamente cómo nos tumbamos en mi cama con la excusa de que estaríamos más cómodos para ver la película. A mitad de esta te giré y besé tus labios de niña. No puedo ni quiero describir con palabras aquella sensación, ese escalofrío que sentí. Un recuerdo precioso a la par que doloroso empañado por el paso del tiempo. Recuerdo que, tras la película, te dije que no tenía ninguna duda sobre ti y que estaba completamente seguro de que quería estar contigo. Te mentí. En aquel momento no eras más que lo que podía percibir de ti: una niña mimada sin experiencia en el amor ni en la pareja. Y claro, yo no quería algo así. No quería tener que volver a empezar de cero, volver a construir, a edificar planta por planta una relación. Y mucho menos con alguien inexperto a mi lado sabiendo de antemano que todo el peso recaería sobre mis hombros.

La vida es una ironía constante y a veces nos la “da con queso”. Acabé perdida e irremediablemente enamorado de ti. Dediqué todos mis esfuerzos a hacerte feliz y verte sonreír. Te gustaban mis bailes ridículos en tu habitación cuando te ponía en los altavoces una canción que no conocías. Sonreías con una claridad y una pureza casi angelicales. Luego estaban las fotografías. Te encantaba hacerte fotos conmigo y luego regalarme muchas de ellas. Aún conservo el cuadro rojo con nuestras fotos, aunque ya no luce en mi pared como un canto sagrado a la felicidad. Tal vez las fotos estén viejas y ajadas, no lo sé. Soy incapaz de verlas tal vez por miedo a comprobar que tu rostro ha cambiado, que no es el mismo del que me enamoré. También te gustaba escucharme canturrear cualquier canción. Recuerdo como odiabas cantar y bailar. Por aquel entonces era feliz, muy feliz a tu lado. Pero todo día tiene su ocaso. La luz pasó a ser oscuridad, la alegría a tristeza. Tu voz quedó reducida a silencio, un silencio ensordecedor.

Muchos ya sabéis como acaba esto, aunque me temo que realmente no acaba nunca. Me perdí a mitad de camino, saliste de mi vida mientras caminaba por senderos oscuros en mitad de una noche sin luna. Y ahora, perdido y sin nadie que camine a mi lado sigo buscando la manera de escapar de los enrevesados senderos de mi mente donde me lastimo adrede para seguir cuerdo y saber que sigo vivo.

Hoy he vuelto a aquel parque. Hoy he vuelto a recordar con dolor tu risa, tu llanto, tus ojos, tus labios, tus manos, tus caderas. Todo lo que las yemas de mis dedos puedes recordar de ti. Necesitaba recordar como eras. Necesitaba saber que aquel parque no había cambiado desde entonces. Pero era distinto. La hierba había crecido, las flores estaban mustias, el agua corría con menos rapidez. El olor de la tierra había desaparecido. Aquel sitio ya no nos pertenecía, ya no. Igual que ya no te pertenece mi cariño.


Quizás no se trata de un bosque de entramados senderos, quizás sea un lago. Sí, estoy atrapado en un lago de recuerdos que no me dejan alcanzar la orilla. No soy capaz de nadar. Y lo peor es que estoy seguro que si alguien se asomase me diría: “esto no es un lago…es un océano”

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