Hoy he vuelto a visitar aquel sitio. Las sensaciones fueron
distintas, claro, pero había algo en el ambiente que me recordaba a ti. Tal vez
las flores, la hierba, la tierra reseca, los bancos despintados y viejos, el
sonido del agua corriendo, el sol en mi cara; tal vez todo era distinto en
aquel momento, pero yo sentía que era igual que entonces. Necesitaba que lo
fuera.
Una vez me dijiste que si algo merece ser salvado es el
amor, que debemos luchar por él. Aún conservo las tarjetitas plastificadas que
me regalaste por mi vigésimo segundo cumpleaños en la que resaltaba esa frase
sacada, como no, de la primera película que vimos juntos. Si cierro los ojos y
me concentro puedo ver con claridad aquel maravilloso momento: tú eras joven e
inocente y yo un pícaro que con alguna que otra argucia había conseguido
meterte sin apenas esfuerzo en mi habitación. Aunque el inocente fui yo al
pensar que no sabías lo que se te venía encima. Recuerdo perfectamente cómo nos
tumbamos en mi cama con la excusa de que estaríamos más cómodos para ver la
película. A mitad de esta te giré y besé tus labios de niña. No puedo ni quiero
describir con palabras aquella sensación, ese escalofrío que sentí. Un recuerdo
precioso a la par que doloroso empañado por el paso del tiempo. Recuerdo que, tras
la película, te dije que no tenía ninguna duda sobre ti y que estaba completamente
seguro de que quería estar contigo. Te mentí. En aquel momento no eras más que
lo que podía percibir de ti: una niña mimada sin experiencia en el amor ni en
la pareja. Y claro, yo no quería algo así. No quería tener que volver a empezar
de cero, volver a construir, a edificar planta por planta una relación. Y mucho
menos con alguien inexperto a mi lado sabiendo de antemano que todo el peso
recaería sobre mis hombros.
La vida es una ironía constante y a veces nos la “da con
queso”. Acabé perdida e irremediablemente enamorado de ti. Dediqué todos mis
esfuerzos a hacerte feliz y verte sonreír. Te gustaban mis bailes ridículos en
tu habitación cuando te ponía en los altavoces una canción que no conocías.
Sonreías con una claridad y una pureza casi angelicales. Luego estaban las
fotografías. Te encantaba hacerte fotos conmigo y luego regalarme muchas de
ellas. Aún conservo el cuadro rojo con nuestras fotos, aunque ya no luce en mi
pared como un canto sagrado a la felicidad. Tal vez las fotos estén viejas y
ajadas, no lo sé. Soy incapaz de verlas tal vez por miedo a comprobar que tu
rostro ha cambiado, que no es el mismo del que me enamoré. También te gustaba escucharme
canturrear cualquier canción. Recuerdo como odiabas cantar y bailar. Por aquel
entonces era feliz, muy feliz a tu lado. Pero todo día tiene su ocaso. La luz
pasó a ser oscuridad, la alegría a tristeza. Tu voz quedó reducida a silencio,
un silencio ensordecedor.
Muchos ya sabéis como acaba esto, aunque me temo que
realmente no acaba nunca. Me perdí a mitad de camino, saliste de mi vida
mientras caminaba por senderos oscuros en mitad de una noche sin luna. Y ahora,
perdido y sin nadie que camine a mi lado sigo buscando la manera de escapar de
los enrevesados senderos de mi mente donde me lastimo adrede para seguir cuerdo
y saber que sigo vivo.
Hoy he vuelto a aquel parque. Hoy he vuelto a recordar con
dolor tu risa, tu llanto, tus ojos, tus labios, tus manos, tus caderas. Todo lo
que las yemas de mis dedos puedes recordar de ti. Necesitaba recordar como
eras. Necesitaba saber que aquel parque no había cambiado desde entonces. Pero
era distinto. La hierba había crecido, las flores estaban mustias, el agua corría
con menos rapidez. El olor de la tierra había desaparecido. Aquel sitio ya no
nos pertenecía, ya no. Igual que ya no te pertenece mi cariño.
Quizás no se trata de un bosque de entramados senderos,
quizás sea un lago. Sí, estoy atrapado en un lago de recuerdos que no me dejan
alcanzar la orilla. No soy capaz de nadar. Y lo peor es que estoy seguro que si
alguien se asomase me diría: “esto no es un lago…es un océano”

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