jueves, 21 de abril de 2016

Lluvia en el cajón




Hay lluvia en el cajón donde guardo los sentimientos. Una lluvia discontinua y fina, que cala hasta los huesos. Con su silencio estremecedor, con ese leve traqueteo, cada gota que resuena y estalla contra el suelo, calma mis esperanzas y ahoga mis pensamientos.


Casi siempre te abandonan demasiado pronto, y yo soy de encariñarme el primero, de amarrar cada segundo que respiramos, de guardar cada instante de deseo. Siempre sabemos que cada inicio tiene un fin, aunque no queramos verlo. Un término al que se llega tarde o temprano, por carretera o sendero, guiado por una estrella o conducido directo al matadero.


Creemos que podemos luchar contra el destino, contra nuestro propio destino, pero no somos más que motas de polvo en un desván añejo. Con una leve sacudida o un fuerte soplido, te mueven de un lado a otro sin poder luchar con ese sino ¿Ves? Somos frágiles ante la más mínima perturbación de nuestro entorno, vivimos en un perpetuo estado de desatino, marcado por las idas y venidas del mundo, por una realidad que se ha desteñido. Y todo el dulzor de guayaba, la dulce miel que ahora puebla tu boca, se desvanece en un suspiro, se desvanece en lo que tarda ese cariño en resbalar por tu ropa.


Siempre nos quedan los recuerdos, esos que guardo en mi cajón junto a mis más desafortunados
sentimientos. Nunca los saco de casa, no los llevo encima, jamás me los verás puestos. Ellos son frágiles y lo más parecido que los encuentro, es a los dientes de león, que con un desafortunado suspiro se desmoronan entero. Cuido de ellos como si fuesen mi más preciado tesoro, no dejo que nadie los vea ni hablo sobre ellos. Aunque alguna que otra vez me he descuidado y me ha tocado mimarlos, coger sus pedazos y hacerlos entero, arroparlos durante semanas y guardarlos en mi cajón de nuevo.



Hay lluvia en el cajón donde guardo los sentimientos. Una lluvia densa que, con gotas de desconsuelo, destroza mis esperanzas y me ahoga por dentro. 

martes, 26 de enero de 2016

El cochero



Era un día soleado, de esos en los que no se vislumbra una sola nube en el cielo. Apenas corría una suave brisa que mecía las hojas de los árboles. Se encontraban al borde de un camino de tierra, apoyados contras unas piedras de tamaño considerable. Al poco pasó por allí un coche de caballos cuyo cochero azuzaba con su látigo al cansado animal mientras tiraba del pesado cargamento cuesta arriba por el sendero.  

-¿Sabes lo que pasa cuando un caballo tira durante horas de un carro lleno de piedras? Se cansa, se agota y al final cae entre un estruendo atroz contra el suelo.
-Pero ¿Y el cochero? ¿Por qué no quita peso para que pueda avanzar?
-Esa, querido amigo, es la gran pregunta. El caballo, por mucho peso que le carguen, siempre intentará llevarlo hacia delante. No le importará lo más mínimo. Aun cuando el cochero le cargue más piedras sin que se dé cuenta
-¿Pero no es peor así? Quiero decir, si el caballo se cansa no puede llegar a su destino a tiempo ¡Tal vez ni llegue vivo!
-Exacto, pero el cochero no siente la carga del animal. Todos somos un poco como él ¿Sabes? A veces nos dedicamos a poner peso cuando lo que debemos hacer es todo lo contrario. ¿Crees que el cochero no quiere al caballo? Podría ser, pero date cuenta que es su único medio de transporte. Su medio para conseguir su objetivo, su meta.
-Mmm… No lo entiendo
-Ni él tampoco. Lo hace por instinto. Es muy difícil aliviar la carga. Requiere paciencia, dedicación y empeño. Es mucho más fácil sentarse a esperar a ver hasta donde aguanta el animal.
-¿Y si muere?
-Llorará la pérdida, sin duda. O al menos lo lamentará durante un tiempo. Pero volverá a comprar otro caballo, quizás más fuerte que el anterior, y volverá a caer en el mismo error
-Eso suena cruel…

-Puede. Pero somos así. A veces nos toca ser caballos y aguantar hasta desfallecer, y otras ser cochero. Lo importante es saber cuándo se es uno y cuando el otro y actuar en consecuencia. Nunca sabes cuándo estarás tirando del carro de otra persona hasta desfallecer o huir despavorido, cansado de hacer todo el trabajo para que al final solo encuentres piedras y más piedras. 

jueves, 7 de enero de 2016

Al final sólo nos quedarán las maniobras de escapismo




“¿Pensabas que sería fácil? ¿De verdad creías que saldrías de rositas? Te equivocaste, mi niño. Todo el mundo acaba pagando sus deudas, y tú las pagaste más pronto que tarde. Todo se acumula, todo se guarda y al final es como una frágil burbuja de jabón llena de humo. Densa, palpable, hermosa. Pero si la tocas, si respiras cerca de ella, si permites que una leve brisa la acomode contra la pared…estalla. Has de cuidarla, has de observarla y apreciarla en todo su esplendor. Su instante desde que flota hasta que cae y muere. Memorízalo con ansia porque esos segundos que dura no son más que una metáfora de la vida. De tu vida. Puedes intentar elevarla con soplidos, pero han de ser suaves brisas para que no te estalle en la cara. Y tú, infame, has soplado muy fuerte. Pensaste que podrías alargar su final. Igual que hiciste conmigo”


No siempre me odiaba ¿Sabes? Hubo un tiempo en el que me amaba. Me quería tanto que le dolía el pecho cuando estaba a mi lado. Su respiración entrecortada cuando la abrazaba, sus ojos oscuros con esa mirada infinita traspasándome el alma, su sonrisa de boba al verme atravesar la puerta. Su corazón que latía tan fuerte cuando nos besábamos que hacía vibrar todos los huesos de mi cuerpo.
Yo también la quise, pero no cuando ella lo necesitó. Fuimos dos locos enamorados que se amaron en momentos distintos. Nunca al mismo tiempo, no a la vez y jamás en la misma habitación ni en mismo lecho. Cuantas noches la acaricié en sueños.


“Me lastimaste mucho. Me heriste de muerte. Fui un ave con el ala rota forzada a volar y caer al instante. Una y otra vez. Fui Ícaro demasiado tiempo, creyendo alcanzarte para hundirme en tu olvido mientras tú agarrabas a otras entre tus brazos. Fantaseaba con quererte a cada instante, en cada esquina. Soñaba amarte tanto… Y solo obtuve silencio, distancia y dejadez por tu parte”


Nada se olvida. Todo se guarda en pedacitos de memoria, como un macabro puzle que vas completando a medida que creces emocionalmente.


Ella pensó durante demasiado tiempo que no sentía nada por ella, y lo que nunca supo es que no era capaz de sentir por nadie más. Creyó que era frío y distante cuando en realidad lo único que anhelaba era su calor y su cuerpo a milímetros del mío. La miel de sus labios, su suave pelo azabache, sus manos pequeñas y torpes. Recuerdo esos pequeños detalles con tristeza, sin la alegría de antaño. Quise olvidarla, de verdad. Lo juro. Pero no pude. Fracasé en mi empresa y caí rodando en una cuesta directo al más profundo y gélido olvido.


“Me acomodé en mi dolor durante tanto tiempo que lo confundí con mi hogar. La tristeza predominaba por encima de cualquier otro sentimiento e inundó mi alma por completo. Fue como aquellos cuarteles de invierno. Ya sabes a que me refiero…”


No puedo dejar de leer su carta entre lágrima porque ella jamás supo, ni sabrá, que el tiempo que estuvo sufriendo a mi lado, yo sufría por ella. Satélites orbitando alrededor del mismo planeta en direcciones opuestas que se encontraban durante breves instantes. Si somos dos islas en un mar que es gris ciudad ¿Quién de los dos se atreverá a nadar?


Y así fue como nos dejamos perder. El barco se hundía y solo supimos mirar al horizonte en busca de una respuesta, cuando lo único que teníamos que hacer es cogernos de la mano y saltar juntos.


“Adiós, mi niño. Adiós. Me despido para siempre. Me voy de esta ciudad de muerte para quemar mi vestido negro, calzarme mis tacones y ahogar mis sentimientos para que mueran y no vuelvan jamás. Adiós. De verdad, adiós. Ya no lloro tus penas ni guardo tus fotos. Todo nuestro pasado queda aquí, en una pequeña cajita que guardo con rencor, odio, ira y ternura. Porque a pesar de que duela siempre recordaré, cuando me despiste, tus abrazos y tus besos. Porque nadie me ha abrazado ni besado como tú. Adiós, mi niño. Adiós.”


Todo arde si le aplicas la chispa adecuada, pero yo me pasé con las llamas. Y entre lenguas de fuego arden ahora mis recuerdos.


Ella se marchó y mi amor se fue volando con ella para regresar al tiempo, desgarrado y doliente. Y desde entonces convivo con él. Es duro ¿Sabes? Cuidar de algo que está herido y es furioso y fiero. Salvaje, instintivo, primitivo. Como un tigre con dientes afilados y una herida de muerte en el pecho. Sólo quiere morir en paz, pero te sigues empeñando en sanarlo, a pesar de que está sentenciando desde el mismo instante en el que los viste.



Al final sólo nos quedaron las maniobras de escapismo. Aquellas en las que al mismo tiempo nos evadíamos mentalmente queriendo estar el uno con el otro mientras estábamos sentados el uno frente al otro.

domingo, 4 de octubre de 2015

Imagina




Imagina un edificio grande y circular, de blancas paredes encaladas y con una cúpula brillante coronándolo como rey y señor del skyline. El aire se nota húmedo, tal vez algo enrarecido, y eres capaz de notar el sabor salado del mar y en el cielo azul despejado con un sol nublado sin explicación no hay pájaros. No hay sonido, solo un sepulcral silencio aterrador.

Imagina estar sentado en un resquicio circular de ese edificio, a una altura considerable. Miras a tu alrededor buscando edificios, montaña, playa. Vida. Pero no hay nada, no eres capaz de distinguir más allá de unos metros delante de ti. No hay niebla, no hay nada que impida ver alrededor pero no puedes. Un extraño ruido hace que mires a tu lado derecho y encuentras una maceta con limones frescos y brillantes manzanas. De la tierra de esa maceta brota agua que se desborda y se precipita hacia el vacío. Y cuando miras te das cuenta que el nivel de agua sube rápidamente hasta el resquicio donde te encuentras. Te asustas, claro, y te pones de pie. ¿He comentado que estabas sentado? Pues sí, con los pies colgando en un estado de relajación absoluto aunque con una pizca de inquietud. No sabes por qué pero tienes la sensación de que todo eso no va a acabar bien. Cuando te pones de pie te das cuenta que donde estaba la maceta ahora está un amigo tuyo, que te mira fijamente y te señala a tu lado izquierdo, en el suelo. Miras y ves que alguien está serrando un círculo perfecto desde dentro y se asoma. Es un señor vestido con ropajes árabes que cuando sale, sonriente, aplaude. Y entonces justo a la altura del resquicio aparece una ladera que desemboca en un río, o mar u océano, no sabes bien que es exactamente. Ves la hierba y el barro encharcados y un sendero que conduce a otro sitio.
Imagina que sacas valor para andar por ese sendero que no sabes dónde conduce. Tu única preocupación es no mojarte los pantalones para no estropear tus ajados zapatos. Te recoges los bajos un poco y empiezas a andar por el agua. Para sorpresa de todos no te mojas y eres capaz de caminar sobre el cristalino líquido. Tras unos instantes llegas al interior de otro edificio donde el señor de antes tiene una especie de bazar junto a un pub irlandés. El señor, que parece llamarse Cucú, te invita a pasar al interior de su establecimiento para que contemples sus numerosos artículos artesanos. Te fijas en un precioso reloj de arena tallado a mano, con apenas arena en la parte superior. Ves caer los granos hipnóticamente uno a uno. Oyes una voz que te habla. Es Cucú. Te dice: “se te acaba el tiempo, ¿Qué piensas hacer?”. Cierras los ojos con fuerza y los abres.

Imagina estar en una calle conocida, peatonal, tal vez el sitio donde vives. Quién sabe. Estas sobre un vehículo que puede ser una moto, una bicicleta, un patinete. No lo sabes ni te importa. Tu mirada te queda fija en un coche verde antiguo que está aparcado junto a ti, en mitad de la calle. Piensas que la policía debería multarlos. Del coche salen dos personas, una desconocida y otra chica que conoces bien. O que más bien conociste pero no quieres conocer. Te mira y te reconoce. Tú no la quieres reconocer. Piensas “¿Por qué apareces hasta en mis sueños? Ella te mira y te responde: “¿Sueño? ¿Qué sueño?”. Sonríe y arranca el vehículo. Cierras los ojos fuerte y los abres.

Imagina estar de vuelta en el bazar, con Cucú mirándote fijamente. Estás frente al reloj de arena de nuevo, viendo transcurrir los granos temporales. Lentos, cayendo a la montaña inferior como plomos de pesca. Miras a Cucú y le dices “Se me acaba el tiempo ¿Qué puedo hacer?”. Te mira. Sonríe y te dice: “Nada”. Cierras los ojos fuertes y los abres.

Imagina una habitación oscura con luces negras. Intuyes que estás sentado en un sillón. Miles de dientes blanqueados danzan alrededor con dulzura, al son de una suave música inexistente. Parecen decir algo pero no eres capaz de interpretarlo. De pronto se unen para formar un reloj de arena ficticio, donde caen dientes en vez de arena. Y todos, absolutamente todos pronuncian en sonoro silencio “¿QUE PIENSAS HACER?”. El sillón tiembla y caes de espalda. Todo está oscuro, los dientes se han ido. Una luz cegadora te hace ver que en realidad estás en el resquicio del edificio blanco, igual que al principio, sentado. Pero esta vez tienes el reloj de arena de Cucú en la mano. Asustado por el extraño viaje te das cuenta de que no estás solo: Cucú, tu amigo, la desconocida y la conocida están sentados junto a ti. La maceta no aparece por ninguna parte, pero no te parece importante. Hasta que te das cuenta de que en el interior del reloj de arena hay una planta mustia, reseca. Muerta. Todos te miran fijamente y al unísono dicen: “¿Qué piensas hacer? Se te ha acabado el tiempo”. Miras el reloj de arena y ves que apenas quedan unos granos en la parte superior. En un ataque repentino de ira, te pones de pie y estrellas contra el suelo el dichoso reloj. La arena comienza a inundar el lugar, como con el agua. Miras el precipicio de arena caoba y te lanzas, brazos abiertos en un intento de arrancar a volar, sin tus preciados zapatos viejos y con pantalones y camisa blanca de lino.

Imagina ser dueño de tu tiempo, de tu vida. Imagina ser dueño de tus sueños y realidades. De tus amistades, y lugares conocidos. Imagina por un momento ser dueño de los elementos y el universo. Y, mientras imaginas todo eso, vas cayendo en una montaña de arena que te atrapa, te envuelve y te arropa con un calor y un cariño como antes nunca te han dado. Imagina por un instante estar dentro de ese reloj de arena y ser solo un grano más de lo que llamamos tiempo.


Imagina no soñar.



Imagina no despertar. Jamás. 

domingo, 10 de mayo de 2015

Primavera y 1/4




No eres más que aquella mujer cuya vida tangente tuvo a bien de compartir un tiempo a mi lado.


Compañera, la más bella y ruin que pude encontrar al lado del camino, tumbada inmaculada entre la hierba rejuvenecida. Y a su alrededor, no más que destrucción y flores muertas.


De piel morena y sangre tibia, belleza inmarcesible que aún vive en mis recuerdos. Suave cascada de ébano que, suicida, nace desde los pies de tu cabeza para morir a la altura de tus hombros marcados.


Mujer, sin duda, llena de bravura y ternura, fuente inagotable de fe en sí misma. Una leyenda viva, un ejemplo de constancia, frialdad a ras de piel, muerte y amor. Fuiste blanco y negro, nunca gris. Los matices los perdiste mientras atabas las cintas de tus tacones altos.


De anchas caderas gitanas, dulce temor de los caídos, ansiado veneno del vencido y venganza de aquel que en el cénit de la victoria creyó poder poseer por más que unos fugaces instantes, como fina arena entre los dedos temblorosos de aquel que ha sido herido y muerto, de y por amor.


De panales rebosantes de miel que te observan y atraviesan el pecho hasta encogerte el corazón. 
Melosa mirada pícara de inocencia simulada, acompañada por el brillo cegador de las perlas de tu boca, vil cavidad por la que escupes ácido mortal.


No fuiste más que aquella mujer cuya vida tangente tuvo a mal de compartir un infierno a mi lado. Y como buena tangente, seguiste tu camino hacia el infinito. Imparable. Incesante.

Pero el destino es caprichoso y tiene a bien hacer pagar a deudores y poner a bailar en el asfalto sentimientos redivivos. Es entonces cuando nos encontraremos para poner los ases al descubierto, y los trucos ocultos sobre la mesa. Y será en ese momento cuando, carentes de ropa y vergüenza por los años de vida sobre los hombros, acaricie tu piel de lava y ardan de pasión las yemas de mis dedos, mi corazón y mi alma. 

domingo, 3 de mayo de 2015

Pasos ausentes




Ya no escucho tus pasos por mi piso pisando fuerte el suelo con aplomo, convencido de que cada paso tuyo resuena en mis oídos y me hace quererte más. Extraño embrujo causado ni más ni menos que por el abrumador entrechoque de tus suelas que tanto han recorrido y tan poco han conocido contra mi triste y perenne losa.


¡Ay de aquel, triste alma errante, que ose de enjuiciarte sin calzar tu número de viejas botas!


Ya no recibo tus sobrios mensajes de amor. Mi teléfono ya no zumba de alegría ante una notificación entrante del tuyo. ¿Dónde dejaste aquella entrega incondicional e irracional, digna de primaverales amores juveniles? Quizá olvidada ante simples proposiciones en horario laboral.


¡Ay de aquel, triste lacayo de satán, que ose hablarte sin conocer el intrincado significado de tus palabras redichas!


Ya no me miras a la cara cuando me besas. Ahora tan solo te dedicas a mirar al suelo que tus zapatos pisan buscando, como siempre, la respuesta a una pregunta sin solución en los lugares más transitados. ¿Acaso mis labios dejaron de tener el sabor de antaño? Los tuyos no lucen con la pasión de los primeros besos ni me deleitan con el sabor afrutado que me hicieron relamer durante horas en mis noches más oscuras.


¡Ay de aquel, triste esclavo de su destino, que ose desearte sin abrazar tu alma en llamas!


Ya no me abrazas como si tuvieras miedo a perderme. Ya no soy tu guía, la luz en mitad de la noche sin luna. Me cambiaste por un farolillo expuesto a los devenires de la vida. Y así te ves ahora: dando tumbos, ansiosa de calor y chispa.


¡Ay de aquel, triste devoto de sangre tibia, que ose deslumbrarte con necedades celestiales!


Ya no escucho tus pasos por mi piso pisando fuerte el suelo con aplomo. Sólo queda el dulce eco del recuerdo futuro que jamás llegaremos a tener.




Tan sólo quedan pasos lejanos, tristes, vacíos. Ausentes. 

miércoles, 11 de marzo de 2015

Preludio a mi derrota



Hoy tengo ganas de guerra. Tengo ganas de batalla, de sentir en mi piel el aire contaminado por el olor del sudor, sangre y balas. Tengo ganas de luchar por mi patria, que no es otra que mi cuerpo y alma, y defenderla de los invasores que quieren destrozarla con mi sudor, sangre y balas. Hoy recorreré las calles pidiendo a gritos morir por lo que creo. Y todos me oirán. Y muchos cerrarán la ventana de sus hogares con un portazo sin igual que suene a seguridad y confort. Se sentarán en su sillón y seguirán leyendo el periódico. Porque se sienten seguros en su burbuja de papel, encerrados de por vida y dispuestos a quejarse cada mañana durante el café por las desgracias de su vida. Pero yo no. Yo seguiré gritando por las calles maltrechas de esta desolada ciudad que suda miedo por cada adoquín. Gritaré y destrozaré mi garganta hasta que alguien abra su ventana, salte al vacío y se una a mi lucha, que no es más que la propia. Hoy decido ser yo quien comande el ejército y lo lleve ante las puertas del enemigo, armas en ristre. Y por arma mortífera y letal tengo mi lengua y mis manos denudas, pues no me hace falta más para derrotarte. Mis palabras serán escudo y espada al mismo tiempo, destrozaré todos tus sentidos de una sola oración y de tal odio contenido descargado sobre tu cuerpo acabará de una vez por todas con este vil recuerdo que me quema hasta las pestañas. Acabaré contigo, desgarraré tu garganta con mi ira y reventaré tus tímpanos a golpes de puntos y apartes. Juro por Dios que no saldrás impune de tus fechorías. Acabaré contigo porque… porque… yo…


Porque te sigo echando de menos. Porque veo alguna foto tuya y no puedo contener las lágrimas. Porque esta añoranza que siento me mata cada día más. Porque tras 394 días te he llorado por cada esquina, y lo sigo haciendo mientras escribo estas líneas. Porque tu actitud de niña, tus manos de mujer, tus besos de adolescentes me cautivaron como nadie. Y me duele. Me duele mucho admitirlo así, de esta forma tan abierta y nada sutil. Escudado en el deseo a veces fugaz de seguir adelante, te enfrenté. Con toda mi alma, cuerpo, sangre y balas. Y perdí mi alma, quemé mi cuerpo, derramé mi sangre y me reservé una última bala. Porque nunca se sabe cuándo la necesitarás. Atrapado en una relación tóxica e insana pasé mi parte de mi juventud. Y ahora malgasto lo poco que me queda añorando esa toxicidad, esa insana manera de amarnos a pecho descubierto, esa manera de destrozarnos el uno al otro a base palabras, gestos, amor y balas. El amor se riega todos los días, y dejamos mustio y reseco todo el jardín a la vez, por intentar abarcar lo imposible. Fuimos lo máximo en muy poco tiempo, y lo mínimo en otro tanto. Fuiste la mujer de mi vida, para bien y para mal. Fuiste lo mejor y lo peor, todo al mismo tiempo.


Porque te sigo echando de menos. Echo de menos que me rompas el corazón y me destroces con cada palabra, cada gesto, con tu amor y con tus balas. Anhelo sentir de nuevo como me revientas el pecho con tu indiferencia y frialdad.



Hoy tengo ganas de guerra. Tengo ganas de batalla, de sentir en mi piel la sangre fluyendo a borbotones. Y contemplar cómo me derrumbo y pierdo todas las batallas y la guerra, que de nada ha servido luchar por mi patria, que no es otra que mi cuerpo destrozado y mi alma hecha pedazos. Y pediré a gritos morir de una vez por todas. Porque este precioso regalo tuyo, el último, esta lenta agonía, me está quitando las ganas de morir por ti.