“¿Pensabas
que sería fácil? ¿De verdad creías que saldrías de rositas? Te equivocaste, mi
niño. Todo el mundo acaba pagando sus deudas, y tú las pagaste más pronto que
tarde. Todo se acumula, todo se guarda y al final es como una frágil burbuja de
jabón llena de humo. Densa, palpable, hermosa. Pero si la tocas, si respiras
cerca de ella, si permites que una leve brisa la acomode contra la pared…estalla.
Has de cuidarla, has de observarla y apreciarla en todo su esplendor. Su
instante desde que flota hasta que cae y muere. Memorízalo con ansia porque
esos segundos que dura no son más que una metáfora de la vida. De tu vida.
Puedes intentar elevarla con soplidos, pero han de ser suaves brisas para que
no te estalle en la cara. Y tú, infame, has soplado muy fuerte. Pensaste que
podrías alargar su final. Igual que hiciste conmigo”
No siempre
me odiaba ¿Sabes? Hubo un tiempo en el que me amaba. Me quería tanto que le
dolía el pecho cuando estaba a mi lado. Su respiración entrecortada cuando la
abrazaba, sus ojos oscuros con esa mirada infinita traspasándome el alma, su
sonrisa de boba al verme atravesar la puerta. Su corazón que latía tan fuerte cuando
nos besábamos que hacía vibrar todos los huesos de mi cuerpo.
Yo también la
quise, pero no cuando ella lo necesitó. Fuimos dos locos enamorados que se amaron
en momentos distintos. Nunca al mismo tiempo, no a la vez y jamás en la misma
habitación ni en mismo lecho. Cuantas noches la acaricié en sueños.
“Me
lastimaste mucho. Me heriste de muerte. Fui un ave con el ala rota forzada a
volar y caer al instante. Una y otra vez. Fui Ícaro demasiado tiempo, creyendo
alcanzarte para hundirme en tu olvido mientras tú agarrabas a otras entre tus
brazos. Fantaseaba con quererte a cada instante, en cada esquina. Soñaba amarte
tanto… Y solo obtuve silencio, distancia y dejadez por tu parte”
Nada se
olvida. Todo se guarda en pedacitos de memoria, como un macabro puzle que vas
completando a medida que creces emocionalmente.
Ella pensó
durante demasiado tiempo que no sentía nada por ella, y lo que nunca supo es
que no era capaz de sentir por nadie más. Creyó que era frío y distante cuando
en realidad lo único que anhelaba era su calor y su cuerpo a milímetros del
mío. La miel de sus labios, su suave pelo azabache, sus manos pequeñas y
torpes. Recuerdo esos pequeños detalles con tristeza, sin la alegría de antaño.
Quise olvidarla, de verdad. Lo juro. Pero no pude. Fracasé en mi empresa y caí
rodando en una cuesta directo al más profundo y gélido olvido.
“Me acomodé
en mi dolor durante tanto tiempo que lo confundí con mi hogar. La tristeza
predominaba por encima de cualquier otro sentimiento e inundó mi alma por
completo. Fue como aquellos cuarteles de invierno. Ya sabes a que me refiero…”
No puedo
dejar de leer su carta entre lágrima porque ella jamás supo, ni sabrá, que el
tiempo que estuvo sufriendo a mi lado, yo sufría por ella. Satélites orbitando
alrededor del mismo planeta en direcciones opuestas que se encontraban durante
breves instantes. Si somos dos islas en un mar que es
gris ciudad ¿Quién de los dos se atreverá a nadar?
Y así fue como nos dejamos perder. El barco se hundía y solo
supimos mirar al horizonte en busca de una respuesta, cuando lo único que
teníamos que hacer es cogernos de la mano y saltar juntos.
“Adiós, mi niño. Adiós. Me despido para siempre. Me voy de
esta ciudad de muerte para quemar mi vestido negro, calzarme mis tacones y
ahogar mis sentimientos para que mueran y no vuelvan jamás. Adiós. De verdad,
adiós. Ya no lloro tus penas ni guardo tus fotos. Todo nuestro pasado queda
aquí, en una pequeña cajita que guardo con rencor, odio, ira y ternura. Porque
a pesar de que duela siempre recordaré, cuando me despiste, tus abrazos y tus
besos. Porque nadie me ha abrazado ni besado como tú. Adiós, mi niño. Adiós.”
Todo arde si le aplicas la chispa adecuada, pero yo me pasé
con las llamas. Y entre lenguas de fuego arden ahora mis recuerdos.
Ella se marchó y mi amor se fue volando con ella para
regresar al tiempo, desgarrado y doliente. Y desde entonces convivo con él. Es
duro ¿Sabes? Cuidar de algo que está herido y es furioso y fiero. Salvaje,
instintivo, primitivo. Como un tigre con dientes afilados y una herida de
muerte en el pecho. Sólo quiere morir en paz, pero te sigues empeñando en
sanarlo, a pesar de que está sentenciando desde el mismo instante en el que los
viste.
Al final sólo nos quedaron las maniobras de escapismo.
Aquellas en las que al mismo tiempo nos evadíamos mentalmente queriendo estar
el uno con el otro mientras estábamos sentados el uno frente al otro.