sábado, 27 de septiembre de 2014

Días de lluvia



-Te estaba esperando. Pasa.

Apoyada en el quicio de la puerta con el paraguas aun abierto me miraba como si pudiera atravesarme con sus ojos, traspasar mi alma y ver que había allí dentro. Sus ojos me asustaban y me atraían a la vez,  como las inocentes moscas cuando marchan decididas y bobas hacia la luz mortal. Eran grises. Cristalinos. Transparentes. Aún recuerdo que pude ver la calle húmeda con tan solo mirar a través de sus fantasmales ojos. Podía ver con perfecta claridad lo que se situaba tras de ella. Eso no era normal, aunque nada en ella lo era. Vestía una suerte de camisón largo blanco que insinuaba toda su esbelta y alta figura. Su piel traslúcida y firme, y esa cara pétrea carente de expresión alguna, hacían de ella una estatua viviente. Mi memoria a estas edades me falla un poco pero juraría que no llevaba zapatos. Andaba descalza por donde fuere, aunque más que andar parecía que flotaba a escasos centímetros del suelo.

-Por favor, pasa –insistí

Sus ojos se movieron en busca de algo en la habitación, pero siguió sin moverse del sitio. De pronto, con un movimiento bastante lento, cerró su paraguas, lo apoyó fuera de la puerta y caminó hacia el interior. Se plantó en mitad del salón mirando con ojos curiosos cada rincón, como intentando adivinar toda mi vida a través de los objetos que allí habitaban. Es cierto que nuestra casa, nuestro hogar, nos define y por supuesto los objetos que hay en él: la disposición, la cantidad, cuales predominan y cuales están en segundas filas o cuasi ocultos a la vista de cualquier curioso que se precie en indagar por la casa. Todo tiene un sentido, una forma, una manera. De pronto se paró en un pequeño objeto y lo examinó de cerca pero sin tocarlo. Era una pequeña cajita de música.

-Veo que aún la conservas igual que cuando te la di

Su voz era un helado susurro. Cuando hablaba despedía vapor de cristal con cada palabra. Sus manos se acercaban lentas pero seguras a coger mi pequeña caja de música.

-¡No! – Grité – no la toques. Ya no te pertenece. No pretendas ensuciar el recuerdo que tiene con tus manos ahora carentes del cariño de antaño. No creo que merezcas siquiera…
-De acuerdo –me cortó – no sigas, por favor. Tus palabras me hieren.
-Tú me heriste hace mucho y aún sigo sangrando.

Su mirada se volvió oscura y opaca. Ya no poseía la traslucidez de antes, ya no era fantasmal. Ahora parecían más bien los ojos de una joven triste y dolida. Aunque creo que tan solo vi lo que realmente quise ver en ese momento. Al fijarme bien sus ojos seguían siendo los mismos. Imaginaciones mías. Tal vez no. Quién sabe. El caso es que retiró su mano de la caja y me miró de frente. Un nudo se iba formando en mi garganta mientras ella seguía con sus ojos fijos en los míos.

Ahora, con el tiempo recuerdo aquello como un intento de valentía. O más bien de rebeldía. O estupidez extrema. No puedo justificarme por la edad: era joven, pero no idiota. Sabía perfectamente que si iniciaba una pelea, acabaría muy mal. Peor que ella. Pero cuando algo nos duele en el interior y debemos soltarlo no somos realmente conscientes de las consecuencias. Por eso hablé, largo y tendido, a sabiendas de que estaba jugando a la ruleta rusa con un cargador al que tan solo le faltaba una bala. Era un verdadero suicidio.

-Me destrozaste. Acabaste con mi vida. Rompiste mis rutinas, mis salidas y mis entradas, mi pasado, mi presente, mi futuro; por romper, rompiste mi corazón en pedazos tan pequeños que jamás he podido volver a recomponerlo.
“Destrozaste mis defensas de un plumazo en un ataque relámpago, tan veloz e inesperado que no pude ni rendirme. Cogiste a mis soldados mentales y los fusilaste con palabra dura como el hielo. Me rompiste el alma. Me destrozaste. Y ahora, después de tanto tiempo roto, sigo sin encontrar todos mis pedazos. Solo soy una marioneta que se sostiene por finos hilos que siempre están a punto de desgarrarse. Y estoy cansado ya de sufrir, de mentir, de malvivir, de estar pensando a cada segundo en tu húmedo recuerdo. He aprendido con el tiempo a sobrevivir a cada paso que doy, a cada palabra que digo. Muchas veces no soy yo y me disfrazo de alguien que fui pero que hace tanto tiempo que no soy que ya ni recuerdo como era eso de ser feliz. Lo reconozco, no se vivir sin ti. No soy capaz de vivir despegado de tu recuerdo hiriente que me hunde cada vez más y más en el barro. No puedo seguir un camino de montaña cuesta arriba descalzo y  desnudo mientras nieva. Me arrastro por la vida como un vil gusano. Y me araño la piel a cada palmo de carretera que recorro.  Estoy cansado de intentar olvidarte. Estoy cansado de echarte de menos. Estoy cansado de estar cansado”

No me había dado cuenta pero mis lágrimas habían formado un charco a mis pies. Me sentí aliviado pero sabía perfectamente que era el ojo de la tormenta. Ella despegó los labios y mi corazón dio un vuelco. Había disparado todo el cargador sobre mi cara y ahora tocaba tragar todo el plomo. Sin embargo, algo sucedió. Sus ojos parecían temblar un poco y algo parecido a una lágrima empezó a brotar de su lagrimal y recorrió su mejilla izquierda por completo antes de caer al suelo.

-Tengo que irme…
Y no dijo nada más. Caminó hacia la puerta y la abrió. Afuera seguía lloviendo a mares y el ruido de las gotas de lluvia contra la tierra era ensordecedor.

-¡Espera! Tu paraguas…

Se giró y me miró. Esos ojos me atravesaron de lado a lado y sentí mis piernas flojear.

-Ya no lo necesito

Y comenzó a caminar bajo la lluvia.

Como ya he dicho antes, mi memoria no es lo que era pero juraría que conforme el agua la tocaba su cuerpo se iba disolviendo y deformando: Primero su cabeza desapareció y el agua recorría su espalda como si fuera fuego sobre papel. Iba devorando su figura poco a poco mientras seguía caminando hasta que tan solo quedaron dos pies descalzos que parecían flotar mientras caminaban. Y luego, nada. Tan solo quedó el recuerdo de aquel día y un dulce aroma cuando ella, finalmente, se fue.


Para siempre. 

miércoles, 17 de septiembre de 2014

De nuevo yo



Es curioso como en tan poco tiempo todo puede cambiar. Ahora soy incapaz de pasar de las fotos de Semana Santa, que son pocas, porque hay algo que me aterra en esas fotografías cargadas de recuerdos. Es increíble como un conjunto de píxeles ordenados dan color y forma a unos retratos en dos dimensiones tan cargados de contenido como carentes de sentido. La vida es sencillamente mágica, aunque no siempre en el buen sentido de la palabra.

Hoy no quiero escribir. He empezado seis veces y he borrado cada cosa que realmente quería escribir, transmitir. Pero hoy, más que nunca, me ha surgido la gran duda: ¿Para quién escribo? ¿Para mí…o para ti? ¿Es una excusa más que uso para seguir con el barro hasta el cuello? ¿De verdad quiero salir a limpiarme o realmente quiero que me trague el lodo hasta asfixiarme y morir? La idea de la muerte no se ve tan mal, creo: sufrimientos, pesares, llantos, angustias, penas, lágrimas, dolores…todo se esfuma en unos instantes. También se van los buenos momentos como la alegría y la felicidad, pero cuando estás en ciertos estados emocionales llega el punto inflexivo en que ves que esas emociones pasan de largo por delante de tus narices. La gente sonríe y se autoproclama feliz, aunque tengo mis serias dudas con respecto a eso. Cada vez hay más escasez de cariño y de amor en este planeta cargado hasta el tope de seres, que no humanos, que juegan a la ruleta con los sentimientos ajenos. Hay que vivir más para uno mismo y no inmiscuirse en las vidas ajenas para cambiarlas según el parecer propio. No tienes por qué estar equivocado, tal vez tu consejo sea sincero y bueno y hasta puede que lleves razón, pero las personas aprendemos a base de palos, duros golpes que pasan rápido pero que quedan impresos para ayudarte a mantenerte a flote. Y la muerte es el golpe final, la enseñanza última.

A estas alturas ya sabéis que soy el primer gran falso de este lugar, el primero en fingir hasta la última sonrisa, hasta la más inesperada. Finjo ser otra persona, otra versión de mí, más bien. Las sonrisas sinceras desaparecieron, los abrazos son recolectores efímeros de un anhelado cariño del que tanta escasez hay, mis ojos hace tiempo dejaron de humedecerse por felicidad. Escribo textos a fantasmas nocturnos sin sentido ni razón a sabiendas de que jamás serán leídos, pues ni los fantasmas leen ni existen en nuestro mundo.

¿Cuánto he de esperar a que la esperanza, la ilusión, las ganas de vivir vuelvan a anidar en mi pelo sucio de tanta tristeza y putrefacción de mi alma? ¿Volveré a sentir deseos fogosos de besar unos labios tiernos de mujer que con un solo roce me transmita más que cualquier otra cosa en este universo? ¿Seré capaz de amar de nuevo, de sentir esas ganas de gastar hasta el último aliento con una persona que con una mirada y una caricia me devuelva la vida?


¿Volveré a ser yo?