-Te estaba esperando. Pasa.
Apoyada en el quicio de la puerta con el paraguas aun
abierto me miraba como si pudiera atravesarme con sus ojos, traspasar mi alma y
ver que había allí dentro. Sus ojos me asustaban y me atraían a la vez, como las inocentes moscas cuando marchan
decididas y bobas hacia la luz mortal. Eran grises. Cristalinos. Transparentes.
Aún recuerdo que pude ver la calle húmeda con tan solo mirar a través de sus
fantasmales ojos. Podía ver con perfecta claridad lo que se situaba tras de
ella. Eso no era normal, aunque nada en ella lo era. Vestía una suerte de
camisón largo blanco que insinuaba toda su esbelta y alta figura. Su piel
traslúcida y firme, y esa cara pétrea carente de expresión alguna, hacían de
ella una estatua viviente. Mi memoria a estas edades me falla un poco pero
juraría que no llevaba zapatos. Andaba descalza por donde fuere, aunque más que
andar parecía que flotaba a escasos centímetros del suelo.
-Por favor, pasa –insistí
Sus ojos se movieron en busca de algo en la habitación, pero
siguió sin moverse del sitio. De pronto, con un movimiento bastante lento,
cerró su paraguas, lo apoyó fuera de la puerta y caminó hacia el interior. Se
plantó en mitad del salón mirando con ojos curiosos cada rincón, como
intentando adivinar toda mi vida a través de los objetos que allí habitaban. Es
cierto que nuestra casa, nuestro hogar, nos define y por supuesto los objetos
que hay en él: la disposición, la cantidad, cuales predominan y cuales están en
segundas filas o cuasi ocultos a la vista de cualquier curioso que se precie en
indagar por la casa. Todo tiene un sentido, una forma, una manera. De pronto se
paró en un pequeño objeto y lo examinó de cerca pero sin tocarlo. Era una
pequeña cajita de música.
-Veo que aún la conservas igual que cuando te la di
Su voz era un helado susurro. Cuando hablaba despedía vapor de
cristal con cada palabra. Sus manos se acercaban lentas pero seguras a coger mi
pequeña caja de música.
-¡No! – Grité – no la toques. Ya no te pertenece. No
pretendas ensuciar el recuerdo que tiene con tus manos ahora carentes del
cariño de antaño. No creo que merezcas siquiera…
-De acuerdo –me cortó – no sigas, por favor. Tus palabras me
hieren.
-Tú me heriste hace mucho y aún sigo sangrando.
Su mirada se volvió oscura y opaca. Ya no poseía la
traslucidez de antes, ya no era fantasmal. Ahora parecían más bien los ojos de
una joven triste y dolida. Aunque creo que tan solo vi lo que realmente quise
ver en ese momento. Al fijarme bien sus ojos seguían siendo los mismos.
Imaginaciones mías. Tal vez no. Quién sabe. El caso es que retiró su mano de la
caja y me miró de frente. Un nudo se iba formando en mi garganta mientras ella
seguía con sus ojos fijos en los míos.
Ahora, con el tiempo recuerdo aquello como un intento de
valentía. O más bien de rebeldía. O estupidez extrema. No puedo justificarme
por la edad: era joven, pero no idiota. Sabía perfectamente que si iniciaba una
pelea, acabaría muy mal. Peor que ella. Pero cuando algo nos duele en el
interior y debemos soltarlo no somos realmente conscientes de las
consecuencias. Por eso hablé, largo y tendido, a sabiendas de que estaba
jugando a la ruleta rusa con un cargador al que tan solo le faltaba una bala.
Era un verdadero suicidio.
-Me destrozaste. Acabaste con mi vida. Rompiste mis rutinas,
mis salidas y mis entradas, mi pasado, mi presente, mi futuro; por romper,
rompiste mi corazón en pedazos tan pequeños que jamás he podido volver a
recomponerlo.
“Destrozaste mis defensas de un
plumazo en un ataque relámpago, tan veloz e inesperado que no pude ni rendirme.
Cogiste a mis soldados mentales y los fusilaste con palabra dura como el hielo.
Me rompiste el alma. Me destrozaste. Y ahora, después de tanto tiempo roto,
sigo sin encontrar todos mis pedazos. Solo soy una marioneta que se sostiene
por finos hilos que siempre están a punto de desgarrarse. Y estoy cansado ya de
sufrir, de mentir, de malvivir, de estar pensando a cada segundo en tu húmedo
recuerdo. He aprendido con el tiempo a sobrevivir a cada paso que doy, a cada
palabra que digo. Muchas veces no soy yo y me disfrazo de alguien que fui pero
que hace tanto tiempo que no soy que ya ni recuerdo como era eso de ser feliz.
Lo reconozco, no se vivir sin ti. No soy capaz de vivir despegado de tu
recuerdo hiriente que me hunde cada vez más y más en el barro. No puedo seguir
un camino de montaña cuesta arriba descalzo y desnudo mientras nieva. Me arrastro por la
vida como un vil gusano. Y me araño la piel a cada palmo de carretera que recorro.
Estoy cansado de intentar olvidarte.
Estoy cansado de echarte de menos. Estoy cansado de estar cansado”
No me había dado cuenta pero mis lágrimas habían formado un
charco a mis pies. Me sentí aliviado pero sabía perfectamente que era el ojo de
la tormenta. Ella despegó los labios y mi corazón dio un vuelco. Había disparado
todo el cargador sobre mi cara y ahora tocaba tragar todo el plomo. Sin
embargo, algo sucedió. Sus ojos parecían temblar un poco y algo parecido a una
lágrima empezó a brotar de su lagrimal y recorrió su mejilla izquierda por completo
antes de caer al suelo.
-Tengo que irme…
Y no dijo nada más. Caminó hacia la puerta y la abrió.
Afuera seguía lloviendo a mares y el ruido de las gotas de lluvia contra la
tierra era ensordecedor.
-¡Espera! Tu paraguas…
Se giró y me miró. Esos ojos me atravesaron de lado a lado y
sentí mis piernas flojear.
-Ya no lo necesito
Y comenzó a caminar bajo la lluvia.
Como ya he dicho antes, mi memoria no es lo que era pero
juraría que conforme el agua la tocaba su cuerpo se iba disolviendo y
deformando: Primero su cabeza desapareció y el agua recorría su espalda como si
fuera fuego sobre papel. Iba devorando su figura poco a poco mientras seguía
caminando hasta que tan solo quedaron dos pies descalzos que parecían flotar
mientras caminaban. Y luego, nada. Tan solo quedó el recuerdo de aquel día y un
dulce aroma cuando ella, finalmente, se fue.
Para siempre.

