Ya no escucho tus pasos por mi
piso pisando fuerte el suelo con aplomo, convencido de que cada paso tuyo resuena
en mis oídos y me hace quererte más. Extraño embrujo causado ni más ni menos que
por el abrumador entrechoque de tus suelas que tanto han recorrido y tan poco
han conocido contra mi triste y perenne losa.
¡Ay de aquel, triste alma
errante, que ose de enjuiciarte sin calzar tu número de viejas botas!
Ya no recibo tus sobrios mensajes
de amor. Mi teléfono ya no zumba de alegría ante una notificación entrante del
tuyo. ¿Dónde dejaste aquella entrega incondicional e irracional, digna de
primaverales amores juveniles? Quizá olvidada ante simples proposiciones en
horario laboral.
¡Ay de aquel, triste lacayo de
satán, que ose hablarte sin conocer el intrincado significado de tus palabras
redichas!
Ya no me miras a la cara cuando
me besas. Ahora tan solo te dedicas a mirar al suelo que tus zapatos pisan
buscando, como siempre, la respuesta a una pregunta sin solución en los lugares
más transitados. ¿Acaso mis labios dejaron de tener el sabor de antaño? Los
tuyos no lucen con la pasión de los primeros besos ni me deleitan con el sabor
afrutado que me hicieron relamer durante horas en mis noches más oscuras.
¡Ay de aquel, triste esclavo de
su destino, que ose desearte sin abrazar tu alma en llamas!
Ya no me abrazas como si tuvieras
miedo a perderme. Ya no soy tu guía, la luz en mitad de la noche sin luna. Me
cambiaste por un farolillo expuesto a los devenires de la vida. Y así te ves
ahora: dando tumbos, ansiosa de calor y chispa.
¡Ay de aquel, triste devoto de
sangre tibia, que ose deslumbrarte con necedades celestiales!
Ya no escucho tus pasos por mi
piso pisando fuerte el suelo con aplomo. Sólo queda el dulce eco del recuerdo
futuro que jamás llegaremos a tener.
Tan sólo quedan pasos lejanos,
tristes, vacíos. Ausentes.

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