Hoy tengo ganas de guerra. Tengo ganas de batalla, de sentir
en mi piel el aire contaminado por el olor del sudor, sangre y balas. Tengo
ganas de luchar por mi patria, que no es otra que mi cuerpo y alma, y
defenderla de los invasores que quieren destrozarla con mi sudor, sangre y
balas. Hoy recorreré las calles pidiendo a gritos morir por lo que creo. Y
todos me oirán. Y muchos cerrarán la ventana de sus hogares con un portazo sin
igual que suene a seguridad y confort. Se sentarán en su sillón y seguirán
leyendo el periódico. Porque se sienten seguros en su burbuja de papel,
encerrados de por vida y dispuestos a quejarse cada mañana durante el café por
las desgracias de su vida. Pero yo no. Yo seguiré gritando por las calles
maltrechas de esta desolada ciudad que suda miedo por cada adoquín. Gritaré y
destrozaré mi garganta hasta que alguien abra su ventana, salte al vacío y se
una a mi lucha, que no es más que la propia. Hoy decido ser yo quien comande el
ejército y lo lleve ante las puertas del enemigo, armas en ristre. Y por arma
mortífera y letal tengo mi lengua y mis manos denudas, pues no me hace falta
más para derrotarte. Mis palabras serán escudo y espada al mismo tiempo,
destrozaré todos tus sentidos de una sola oración y de tal odio contenido
descargado sobre tu cuerpo acabará de una vez por todas con este vil recuerdo que
me quema hasta las pestañas. Acabaré contigo, desgarraré tu garganta con mi ira
y reventaré tus tímpanos a golpes de puntos y apartes. Juro por Dios que no
saldrás impune de tus fechorías. Acabaré contigo porque… porque… yo…
Porque te sigo echando de menos. Porque veo alguna foto tuya
y no puedo contener las lágrimas. Porque esta añoranza que siento me mata cada
día más. Porque tras 394 días te he llorado por cada esquina, y lo sigo
haciendo mientras escribo estas líneas. Porque tu actitud de niña, tus manos de
mujer, tus besos de adolescentes me cautivaron como nadie. Y me duele. Me duele
mucho admitirlo así, de esta forma tan abierta y nada sutil. Escudado en el
deseo a veces fugaz de seguir adelante, te enfrenté. Con toda mi alma, cuerpo,
sangre y balas. Y perdí mi alma, quemé mi cuerpo, derramé mi sangre y me
reservé una última bala. Porque nunca se sabe cuándo la necesitarás. Atrapado
en una relación tóxica e insana pasé mi parte de mi juventud. Y ahora malgasto
lo poco que me queda añorando esa toxicidad, esa insana manera de amarnos a
pecho descubierto, esa manera de destrozarnos el uno al otro a base palabras,
gestos, amor y balas. El amor se riega todos los días, y dejamos mustio y
reseco todo el jardín a la vez, por intentar abarcar lo imposible. Fuimos lo máximo
en muy poco tiempo, y lo mínimo en otro tanto. Fuiste la mujer de mi vida, para
bien y para mal. Fuiste lo mejor y lo peor, todo al mismo tiempo.
Porque te sigo echando de menos. Echo de menos que me rompas
el corazón y me destroces con cada palabra, cada gesto, con tu amor y con tus
balas. Anhelo sentir de nuevo como me revientas el pecho con tu indiferencia y
frialdad.
Hoy tengo ganas de guerra. Tengo ganas de batalla, de sentir
en mi piel la sangre fluyendo a borbotones. Y contemplar cómo me derrumbo y
pierdo todas las batallas y la guerra, que de nada ha servido luchar por mi
patria, que no es otra que mi cuerpo destrozado y mi alma hecha pedazos. Y
pediré a gritos morir de una vez por todas. Porque este precioso regalo tuyo,
el último, esta lenta agonía, me está quitando las ganas de morir por ti.

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