Hoy me suicido. Me mato. Acabo con mi vida. Borrón y no más
cuentas por favor, que ya tengo de sobra con las del banco y las del bar de la
esquina. Hoy arranco de cuajo cualquier atisbo de esperanza pasada, presente o
futura. “No va más” como dirían en los casinos. Hoy dejo de respirar este aire
putrefacto que me invade los pulmones y me mata lentamente, muy lentamente.
Despacio, sin prisas, a sabiendas de que haga lo que haga estaré entre las
frías garras de la muerte antes que después. Hoy dejo de oír siseantes palabras
tóxicas de lenguas viperinas que solo buscan el mal ajeno y, en el fondo, el
propio. Es triste pensar que cuando alguien quiere herir tus sentimientos lo
que en realidad hace es intentar salvar los suyos propios a costa de derrochar
sufrimiento del prójimo. Triste, pero cierto.
Hoy dejo de ver escenas desgarradoras en televisión, en la
calle, en mi casa, en mi mente. Los recuerdos son el peor enemigo de un enfermo
de la vida. Hoy dejo de sentir, sin más. Ya no siento pena, amor, tristeza,
alegría, sed, hambre, sueño, deseo, esperanza, envidia, frío, calor,
escalofríos, venganza, rabia, ira. Ya no siento nada, y por no sentir tampoco
siento mis dedos aporreando las teclas de mi teclado. Aun siento mis lágrimas,
eso si. O creo sentirlas. Las veo caer y precipitarse desde mis ojos hacia el
suelo con verdadera ansia. Hasta ellas lo saben.
Hoy me abandono por completo a la suerte del condenado a la
inyección letal. Se me condenará por mis crímenes que no han sido otros que
amar intensamente hasta dejarme la piel (y la vida), besar cada instante,
abrazar todo y a todos, mirar con anhelo mi futuro, aprender todo lo posible y
disfrutar los pequeños placeres de la vida. Lo reconozco, soy culpable hasta la
médula. Si no me hubiera permitido todas y cada una de esas cosas seguiría vivo
pero ¿A qué precio?
Por amar con todo mi ser me he visto en un abismo, cruzando
la cuerda floja en monociclo mientras hacía malabares con fuego y sujetaba en
mi frente un juego de equilibrios. Era arriesgado pero pensé que podía
conseguirlo. Me equivoqué. Fallé al poco de empezar. Lo intenté todo de golpe,
puse toda mi dedicación y fue en vano. Tal vez lo hubiera conseguido si hubiera
ido poco a poco, si no amase tan fuerte. Pero entonces no sería yo, el estúpido
imbécil que lo da todo cuando algo le apasiona. Y me apasionaba amar. De
corazón. Podría haberlo conseguido, sin duda. Pero no. Ahora me precipito hacia
el suelo a una velocidad vertiginosa, como mis lágrimas cuando van a morir
alejadas de mí.
Hoy me mato. Y lo digo en presente. Hoy mato absolutamente
todo lo que soy y lo que fui para intentar ser. No habrá esperanza en mi futuro
pero es un precio que no tengo más remedio que pagar si quiero sobrevivir. Y el
problema es que no quiero. Por eso hoy seré, en futuro, un precioso cadáver que
el tiempo y los gusanos devorarán a placer en el cementerio y del que crecerá
un precioso árbol.
Porque ya estoy rodeado de tiempo que me consume y gusanos
que intentan destrozarme. Al menos ahora tendrá sentido que lo intenten.



