lunes, 27 de octubre de 2014

Mi árbol



Hoy me suicido. Me mato. Acabo con mi vida. Borrón y no más cuentas por favor, que ya tengo de sobra con las del banco y las del bar de la esquina. Hoy arranco de cuajo cualquier atisbo de esperanza pasada, presente o futura. “No va más” como dirían en los casinos. Hoy dejo de respirar este aire putrefacto que me invade los pulmones y me mata lentamente, muy lentamente. Despacio, sin prisas, a sabiendas de que haga lo que haga estaré entre las frías garras de la muerte antes que después. Hoy dejo de oír siseantes palabras tóxicas de lenguas viperinas que solo buscan el mal ajeno y, en el fondo, el propio. Es triste pensar que cuando alguien quiere herir tus sentimientos lo que en realidad hace es intentar salvar los suyos propios a costa de derrochar sufrimiento del prójimo. Triste, pero cierto.


Hoy dejo de ver escenas desgarradoras en televisión, en la calle, en mi casa, en mi mente. Los recuerdos son el peor enemigo de un enfermo de la vida. Hoy dejo de sentir, sin más. Ya no siento pena, amor, tristeza, alegría, sed, hambre, sueño, deseo, esperanza, envidia, frío, calor, escalofríos, venganza, rabia, ira. Ya no siento nada, y por no sentir tampoco siento mis dedos aporreando las teclas de mi teclado. Aun siento mis lágrimas, eso si. O creo sentirlas. Las veo caer y precipitarse desde mis ojos hacia el suelo con verdadera ansia. Hasta ellas lo saben.


Hoy me abandono por completo a la suerte del condenado a la inyección letal. Se me condenará por mis crímenes que no han sido otros que amar intensamente hasta dejarme la piel (y la vida), besar cada instante, abrazar todo y a todos, mirar con anhelo mi futuro, aprender todo lo posible y disfrutar los pequeños placeres de la vida. Lo reconozco, soy culpable hasta la médula. Si no me hubiera permitido todas y cada una de esas cosas seguiría vivo pero ¿A qué precio?


Por amar con todo mi ser me he visto en un abismo, cruzando la cuerda floja en monociclo mientras hacía malabares con fuego y sujetaba en mi frente un juego de equilibrios. Era arriesgado pero pensé que podía conseguirlo. Me equivoqué. Fallé al poco de empezar. Lo intenté todo de golpe, puse toda mi dedicación y fue en vano. Tal vez lo hubiera conseguido si hubiera ido poco a poco, si no amase tan fuerte. Pero entonces no sería yo, el estúpido imbécil que lo da todo cuando algo le apasiona. Y me apasionaba amar. De corazón. Podría haberlo conseguido, sin duda. Pero no. Ahora me precipito hacia el suelo a una velocidad vertiginosa, como mis lágrimas cuando van a morir alejadas de mí.



Hoy me mato. Y lo digo en presente. Hoy mato absolutamente todo lo que soy y lo que fui para intentar ser. No habrá esperanza en mi futuro pero es un precio que no tengo más remedio que pagar si quiero sobrevivir. Y el problema es que no quiero. Por eso hoy seré, en futuro, un precioso cadáver que el tiempo y los gusanos devorarán a placer en el cementerio y del que crecerá un precioso árbol. 


Porque ya estoy rodeado de tiempo que me consume y gusanos que intentan destrozarme. Al menos ahora tendrá sentido que lo intenten. 

martes, 21 de octubre de 2014

[Escarcha]


Silencio. Silencio. Silencio. Silencio inerte en la penumbra de mi habitación, roto por el aullido lejano de una sirena y el ventilador de mi ordenador. Los muebles crujen muertos de vida y un leve viento sopla por la ventana.

Luz. Luz. Luz. Luz de luna que apenas ilumina y de farolas que vomitan anaranjados destellos, de ventanas que pernoctan encendidas de pasión o de puro aburrimiento.
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A ella le sobraba luz en sus silencios, y oscuridad en sus ahogos. A mí me sobraron noches en silencio y semanas de ahogo, sin luz ni guía en mitad de una temible oscuridad.

A ella nunca le importó llevar por bandera su ego afilado e hiriente cortando con filo asesino cada pensamiento contrario, dejando heridas contadas por miles a su paso. A mí nunca me importó sufrir heridas de muerte y desangrarme ante sus pies, besando cada huella que marcaba a fuego en el asfalto, arrastrado como un vil gusano.

A ella poco o nada le importaba la verdad, solo le interesaba su verdad. A mí nunca me importó cual fuera mientras siguiera sus pasos.
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Y poco a poco perdí la vida siguiendo unos pasos que me arrastraban hacia el precipicio más ruin posible, un pobre cristiano desfilando por la tabla a punto de ser arrojado a los tiburones. Temiendo el momento inminente en el que mis pies tocaran el agua, rezaba a un Dios injusto y desconocido que peca de desconsiderado y lejano con sus fieles.

Hagas lo que hagas, acabas cayendo. Tu cuerpo flota durante unos instantes que pueden parecer eternos y recuerdas demasiado: una vertiginosa película desanimada cuyos retazos suspensos en el aire te dejan mareado y sin aliento. Y luego notas el impacto. Al principio no sientes todo el frío del océano, tan solo un duro golpe que pica en cada centímetro de tu piel. Te parece malo, pero no lo es. Es lo mejor que te puede pasar en ese momento, porque tarde o temprano llega el frío, y cuando lo hace sabes que la patada en la tabla, la caída, el golpe…todo es un aburrido e inocuo trámite comparado con lo que llega.

El frío. El frío te hiela la sangre, te congela. El frío te descorazona, encharca tus pulmones de gélida desesperanza y te encoge. El frío te cala hasta los huesos, reduce tu movimiento y arruga tu piel. El frío le arrebata la vida a tu mirada y congela tu sonrisa en una mueca deshecha. Y una coraza de hielo te envuelve por completo mientras oyes crujir todo tu cuerpo y quedar atrapado sin remedio.

Y así, roto y helado tienes que permanecer hasta que tu cuerpo, o el de otra persona, descongele la gruesa capa de hielo que te rodea. Y no es fácil. Hace falta mucha dedicación, paciencia, perseverancia. Y encima, por si fuera poco, puede darse el caso de que consigas descongelar parte de tu cuerpo, que empieces a moverte y a intentar arrancarte el resto, pero tu interior sigue helado. Tu piel azulácea te delata y el brillo del cristal de tus ojos parece afilado. Pero tranquilo, no estás solo. Encontrarás a millones de almas en pena caminando como muertos vivientes desesperados por calor humano y alguna que otra caricia desinteresada. Verdaderos monstruos de nuestra sociedad moderna en la que prima la desconfianza, persiste el libre albedrío en su forma más obscena y reina el “usar y tirar” por encima del “arreglar”.
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A ella no le importó que mi piel fuese azul, o que mis ojos parecieran cuchillos. Tampoco le importó que fuera un animal herido, cobarde y asustado que rehuía de todo y de todos. A mí no me importó su inmadurez, su manera de pensar y de hacer las cosas.

A ella no le importó mi condición económica y social, ni el barrio donde vivía. A mí no me importaron sus venenosas palabras extremistas.

A ella no le importó compartir sus besos, su piel, sus ojos, su vida conmigo. A mí no me importó comérmela a besos, sentir su piel, beber sus ojos y vivir su vida.

A ella no le importó alejarse y separarnos. A mí no me importó aguantar y tragarme las lágrimas.

A ella no le importó destrozarme. A mí no me importó llorar nuestra pérdida.

A ella no le importé. 

A ella no le importo.

Ella me importa.



Yo no me importo.

miércoles, 15 de octubre de 2014

Hoy vuelvo a volver



Hoy vuelvo a volver.


A volver a ser aquel inocente que tendió sus manos al destino, esperanzado de que el viaje no fuese movido.

Vuelvo a ilusionarme tras mi largo periodo de hastío y negación, de no vivir, de no sentir más que lluvia en mi corazón.

Vuelvo a ver un rayo de luz en la oscuridad, de saber que al fin hay una cuerda que llega hasta el fondo del agujero y que se puede trepar por ella.


Hoy vuelvo a caer.

A volver a sentir como todo se transforma en humo entre mis dedos.

Vuelvo a caer de espaldas viendo como la luz se transforma en un minúsculo punto al final del camino.

Vuelvo a romperme en mil pedazos que suenan a cristales rotos.


Hoy vuelvo a sentir.

A volver a notar esa presión en mi pecho que dan ganas de arrancarse el corazón para ver si todavía sigue latiendo.

Vuelvo a verme las manos manchadas de sangre, mi propia sangre, de intentar contener las heridas abiertas.

Vuelvo a saborear el gusto ferroso en el aire a mí alrededor.


Hoy vuelvo a ser.

A volver a seguir siendo quien no soy, una máscara, un disfraz cada vez más ajado que deja a la vista trozos de mi piel desnuda.

Vuelvo a maquillar sentimientos ocultos, prohibidos.

Vuelvo a dejar escapar mi felicidad.



Hoy vuelvo a volver para no volver jamás.

miércoles, 1 de octubre de 2014

Y se acabó



Y se acabó.

Septiembre se fue tal como vino, por la puerta de atrás sin hacer demasiado ruido y con muchas ganas de fastidiar. Para muchos la vuelta al cole, al trabajo, a la universidad, a los estudios, a los encuentros con los viejos colegas, con la familia, con los vecinos, con las colas de las taquillas del cine los días de oferta y promoción; vuelta a la rutina, anhelada y repudiada a partes iguales por toda la humanidad.  Comienzan nuevas series televisivas, las fiestas universitarias, las nuevas amistades en tugurios y antros de la Alameda o la plaza de la Alfalfa, por ejemplo. Extranjeros de medio mundo acuden a nuestra ciudad a aprender el idioma local, degustar nuestra cerveza y disfrutar de los monumentos y museos. Pero no todo es empezar.

El verano acabó hace algún tiempo, todos nos dimos cuenta de ello. Pero hasta que no ves que tu hoja del calendario anual pone “OCTUBRE” así, con letras grandes y redondas no eres consciente de que, de todas todas, el verano se marchó para no volver. Miro con pena hacia el mío y veo todos los días tachados, cada día y casi siempre a la misma hora. Rutina. Esa ha sido, y será, mi rutina y prioridad diaria. Tachar días del calendario. Dejar pasar el tiempo. Ver como se escurre ante mis propias narices.

Este año el frío se ha anticipado y viene pegando fuerte. “Se acerca el invierno”, dirían algunos. Y es cierto. Se acerca y bastante rápido. Un tren que no para en ninguna estación y viene derechito hacia aquí. Volverá el tiempo de película y manta en el sofá de casa, de calefactores en el baño antes de la ducha, de gruesos edredones en las camas. Volverán las bufandas, guantes y pañuelos, las botas de agua y paraguas de vivos colores. Regresarán las costumbres añoradas de abrazarte a alguien para no sentir frío, de narices enrojecidas por el viento gélido, de ojos llorosos.

Volverá el tiempo de echar de menos a todas aquellas personas que no están con nosotros. Ni lo estarán.


Feliz Octubre.