sábado, 22 de noviembre de 2014

De cruces de miradas



De cruces de miradas, de besos olvidados.
De labios ajados, secos de amor.
De abrazos infinitos y caricias prohibidas.
De pieles tristes y ajenas expuestas al relente.

De tus labios susurrando a gritos amor de los míos.
De tu boca sugiriendo acercamientos ardientes y necesarios.
De esos pequeños gestos de tus dedos entre los míos.
De esas lágrimas que resbalan por las mejillas equivocadas.

De tristes despedidas y miradas vacías y carentes de ritmo.
De dulce anhelo de vueltas de esquina y llamadas perdidas.
De encuentros en bancos fríos pegados al alma.
De tu pelo ocultando tus intenciones y desafíos.

De taconeos lejanos que acechan en sueños profundos.
De visiones de infelicidad futura presentes en el ayer.
De corazones palpitando descompasados del parpadeo.
De crujidos que rompen el alma y destrozan canciones.

De esas pequeñas cosas que esbozamos con sonrisas infantiles.
De cobardes risas contenidas de felicidad ingrata.
De mares de pura tristeza que arrollan el pecho.
De decisiones equivocadas tomadas en tazas de té.

De lindas notas de guitarra entre la verde y fresca hierba.
De barro en las cejas y lodo en la garganta.
De compañía y cuidados de enfermos del amor.
De tantas vidas usurpadas en apenas un suspiro desafortunado.

De cruces de miradas, de besos inesperados
Que no llegan a nacer de mis labios
Y mueren, tristes, en el puente que se forma
Entre tu boca y la mía cuando me soplas la tristeza.

jueves, 13 de noviembre de 2014

En noches de lluvia



-Dímelo. Necesito saberlo, y lo necesito ahora.

Su voz temblaba de pura excitación e incertidumbre. Sus ojos brillantes, sus labios algo torcidos, sus dedos inquietos… Todo indicaba que iba a romper a llorar como una cría de un momento a otro. No podía parar quieta en la silla, se revolvía en ella como si el asiento estuviera en llamas.

-Por favor, dímelo. No puedo más con esta espera.

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Se conocieron hacía algunos meses.

Ella era una estudiante aplicada que pasaba la mayor parte del tiempo enterrada entre tinta y celulosa, sin apenas tiempo para vivir. Sin más compañía que la que ofrecía su inmaculada habitación de paredes vacías y blancas cuya armonía se veía interrumpida por un estante flotante con algunos libros. Su cama, su escritorio, un pequeño armario empotrado de blancas puertas… todo era una sintonía perfecta, una oda al simplismo y el orden extremo. Reinaba en su habitación la bella melodía silenciosa del crujir de páginas al pasar, el estruendo del lápiz al chocar contra el papel y ensordecedor sonido del reloj de pared marcando los segundos que pasaba frente a sus libros.

Ella era una persona muy metódica que jamás se permitía un solo fallo, por pequeño que fuere. Tenía en sus manos los conocimientos universales, pasados y algunos futuros, de la humanidad. Excepto uno. Jamás había amado, nunca lo había permitido. Lo consideraba un fallo que entorpecía su avance en su mundo de paredes blancas sin adornos donde sólo conocía el sol cuando entraba por el pequeño ventanuco que alumbraba durante algunas horas al día su habitación.

Él era, literalmente, el extremo opuesto a ella. Mujeriego, andariego, cantante, alocado, soñador, nómada, desordenado, ansioso, vividor… No paraba quieto en ningún sitio más de algunas semanas o incluso días. Y lo mismo pasaba con las mujeres: en apenas un mes había habido muchas Anas, Marías, Lorenas, Antonias, Lauras, Sofías, Martas, Isas, Loretos, Franciscas. Había dejado de contar hacía mucho. Su vida era complicada, revuelta, desordenada y nada estable. Se había metido en peleas de bares por medio mundo y contaba sus historias a todo aquel que las quisiera escuchar a cambio de una cerveza o algo de comer. Podría decirse que llevaba una vida excitante pero sentía un vacío en su interior que no llegaba a comprender. Y con el paso de los años ese “agujero” crecía más y más deprisa. Las mujeres dejaron de importarle; el vino, la cerveza, las canciones…nada. No había manera humana de llenar ese hueco. Y aunque creía saber que era el amor, nunca le había dado importancia. Ese fue su fallo.

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Sus dedos tamborileaban en la mesa de madera de pura impaciencia. Él la miraba fijamente sin hacer gesto alguno, lo que provocaba en ella que sus dedos se moviesen con mayor rapidez y violencia.

-Por favor, no me tengas así. Necesito saberlo –De sus ojos empezaban a escaparse algunas lágrimas suicidas que lograban escapar de la cárcel de su lagrimal– Mi corazón no puede más.

El sonido de las olas era relajante. El viento traía consigo el aroma del mar y enmudecía el graznido de las gaviotas que revoloteaban cerca del chiringuito. Las mesas y sillas de madera desgastada por el sol y el salitre estaban desiertas. Era un pequeño paraíso para ellos solos.

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Las casualidades no existen. Nuestro destino está escrito en piedra, y aunque es cierto que podemos escribir sobre él y alterarlo, siempre volvemos al sendero que nos dicta y marca.

Fue una noche con luna llena y algunas nubes. El tiempo auguraba lluvia pero esta se mostraba tímida en ocasiones e inexistente la mayor parte del tiempo. Ella volvía de una cena con sus familiares; él, de una de sus juergas en bares, guitarra en mano y cerveza en el cuerpo. Sus caminos se separaban por una calle de distancia.

Ella llegó a su coche y se dio cuenta que había perdido las llaves en el camino. Él olvidó su cartera en el bar. Así ambos chocaron en el cruce de las calles que los distanciaban. Se miraron, se pidieron disculpas y continuaron su camino. Todo se habría quedado en un tropiezo con un desconocido, pero el destino es caprichoso y hace lo imposible para que se cumpla su voluntad: al momento se puso a llover a mares. Caían chuzos de punta y ninguno tenía paraguas, así que se refugiaron en un portal cercano hasta que la repentina tormenta cesase.

No tenían nada en común. Eran polos extremadamente opuestos. No había una sola cosa que pudiera unirlos. Y sin embargo…

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Él contemplaba en apariencia impasible como las lágrimas de ella resbalaban por sus pálidas mejillas, rozaban la comisura de sus labios y morían en su perfecta barbilla. Era preciosa, de eso no cabía duda alguna. Sus ojos tenían el verde de la hierba fresca y sus labios el rojo de la sangre hirviente que corría por sus venas. Su pelo algo enmarañado le daba al conjunto un toque de realidad, pues parecía más un busto de mármol que en una persona en sí misma. Su mano se movió hacia la de ella y la acarició levemente. Ella rompió a llorar desconsolada.

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El ruido de la tormenta y el estruendo de las gotas precipitándose hacia el suelo ocultaron gritos de placer prohibidos, palabras de amor susurradas y el suave sonido de la piel al rozar con más piel. Ella estaba en un éxtasis incomprensible, pues habían puesto patas arriba su mundo en apenas unas horas. No sabía cómo, y eso la asustaba mucho. El desconocimiento para ella era la peor pesadilla que podía sufrir.

Él se sentía extraño. Era la primera vez en su vida que no entendía del todo que había sucedido. No había saboreado el placer de la conquista, pues había algo diferente en todo esto. Ella era diferente. Muy diferente. Y se dio cuenta al instante de conocerla.

Las horas pasaban y ninguno hizo el menor gesto de moverse de su lado de la cama. Pasaron la noche en solitaria compañía. Cuando despuntó la primera luz del alba ella se levantó sin hacer el menor ruido, como si flotase, y en completa mudez. Salió por la puerta y se marchó.

Pasaron semanas y nada se supo de aquel encuentro. Un completo silencio cubrió la anécdota prohibida. Sin embargo, algo caló en el interior de cada uno.

Ella empezaba a fantasear y a soñar despierta, sin querer admitirlo, con volver a verle.
Él siguió su vida como siempre, pero rechazaba a todas las mujeres. Las repudiaba. Y sus canciones se volvieron más tristes, y sus noches más cortas.
Ella se sorprendía a si misma al ver que había dibujado garabatos en sus libros.
Él pasaba las horas muertas en los parques, observando la gente pasar.
Ella pintó una de las paredes de su cuarto de colores y flores.
Él volvió a componer y a sacar fuera de si los sentimientos olvidados que jamás había tenido.
Ella sonreía y dejaba cada vez más de lado sus libros y pasaba algún tiempo en el parque.

Era una noche de luna llena y nubes intermitentes. Daban lluvia pero no había caído ni gota durante todo el día. Ella paseaba por el parque disfrutando de la noche hasta que oyó unas notas lejanas de guitarra. Se acercó al lugar y justo al llegar se tropezó y calló de bruces al suelo frente a él. Se levantó del banco, soltó la guitarra y corrió en pos de ayudarla a levantarse. Ella se puso en pie con la cabeza gacha y él tampoco vio su rostro. Su cabeza se levantó y ambos se miraron durante algunos segundos que parecieron años. Y entonces empezó a llover de nuevo. Sus rostros húmedos y sus caras de asombro se mantuvieron mucho tiempo. Ninguno parpadeaba. Parecía como si el tiempo se hubiera detenido en ese instante. Tan solo el rumor de la lluvia y el de sus corazones latiendo a mil por hora. Él abrió la boca para hablar.

-Yo…

Pero no pudo terminar porque en ese momento ella se abalanzó y besó sus labios. Fue un beso largo, apasionado, intenso y cargado de emociones y sentimientos desconocidos para ambos. Al principio fue torpe y brusco, pero luego pasó a ser fluido. Se besaron durante horas bajo la lluvia, embarrados hasta la cintura. Nada les importaba. Nadie importaba. Tan solo ellos y ese momento único que nadie podía arrebatarles jamás.

Él sentía algo nuevo en su interior que llenaba poco a poco ese vacío que había arrastrado durante toda su vida. Ella pareció despertar de su gélida coraza para fundirse en un charco de ardiente deseo. Ella se separó de sus labios, sujetó su cara entre sus manos y lo miró fijamente.

-Llevo toda mi vida buscándote

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-¡No puedo más –lloraba como una cría- necesito que me digas algo por favor!

Él dejó de acariciarla y siguió observándola en silencio.

-¡Respóndeme! ¿Me quieres?

El sonido de las olas era tranquilizante y placentero. El viento había parado de soplar y las gaviotas parecían haberse calmado tras la pesca. Si uno ponía atención podía oírse el corazón de ella quebrándose por la incertidumbre y la angustia.
Él tenía la vista perdida en el horizonte. Miraba tranquilo y con el rostro neutro el ir y venir de las olas. Nada podía leerse en su cara y eso a ella la desconcertaba y la enervaba.

La miró y en sus labios se empezó a dibujar algo parecido a una sonrisa. Sacó de su bolsillo un pequeño estuche y lo abrió ante ella. Lo que había en su interior brillaba con la fuerza de mil soles, la esperanza y la calidez de un abrazo, y la pasión de mil besos. Su llanto cesó, dando paso a mudez seguida de nuevo de llanto. Pero esta vez era de felicidad. De absoluta y plena felicidad.