viernes, 20 de junio de 2014

Adiós


Ella no sabía sonreír, no estaba acostumbrada. Su sonrisa era torpe, forzada, más bien una prolongación de la línea que atravesaba su boca que en una sonrisa en sí misma.  Sus ojos parecían vacíos, carentes de emoción alguna. Unos ojos oscuros mirando al infinito, buscando tal vez algo que le revelara el secreto para sonreír de forma correcta.  Su cara, desde luego, no sabía acompañar esa sonrisa a medio camino que encogía toda su fez en un gesto que podría decirse ridículo y burdo. Todo, hasta el más mínimo detalle, era realmente cómico y digno de un chiste sin gracia.

Tal vez fue mi acercamiento hacia ella, tal vez mi leve caricia en su mejilla…tal vez tan solo fue casualidad, pero aquellos ojos oscuros me miraron y de repente vislumbré una pequeña chispa, un brillo de un fuego que no terminaba de acostumbrarse a estar encendido. Nuestras miradas se cruzaron durante apenas un segundo pero fue el tiempo suficiente para ver que en su interior albergaba un cariño dormido que poco a poco despertaba tras años de letargo. Su mano se movía casi robótica en respuesta a la caricia y buscaba la mía para atraparla. Jugueteaba con la yema de mis dedos, con los surcos de mi palma, con mis uñas. Observaba con todo detalle cada movimiento mío o suyo, quizás en un afán de guardarlo en un recóndito lugar de su memoria donde pudiera acceder siempre que quisiera y resentir aquel momento en un bucle infinito de placer juvenil.

Lo más sorprendente fue, sin duda alguna, la capacidad que poseía para romper la barrera del espacio vital inherente a cada ser humano: supo destrozar mi muro en un segundo, y al siguiente sostenía mi cabeza entre sus manos de niña pequeña mientras su cuerpo y el mío apenas lo distanciaban milímetros.  Aun no soy capaz de explicar como ocurrió pero fue el beso más dulce que había probado en bastante tiempo…y a la vez el más amargo que jamás me han dado.

Fue un agrio “adiós“, un frío “hasta luego”, un letal “nos veremos, quizás”. Fue la despedida que nunca quiso terminar, pues cuando nos separamos, mientras nos alejábamos el uno del otro, nuestras manos seguían unidas, deslizándose nuestros dedos por todo el brazo hasta llegar a la punta. Incluso cuando ese contacto se perdió quedamos unidos para siempre por un lazo eléctrico de pasión y juego adulto, con una pizca de amor veraniego y un aroma de rosas.

Nunca más supe de ti. Pasaron días, semanas, meses, años…décadas. Nada. Tan solo el recuerdo de tu sombra me acompañaba algunas noches sin luna en las que mi alma insomne no podía descansar. No supe de ti…hasta ahora.

La noticia de tu muerte me pilló desprevenido, viejo, cansado y huraño. No hubo sorpresa ni pena, tan solo un atisbo de melancolía al recordar aquella escena de amor juvenil. Había pasado demasiado tiempo como para sentir lástima por tu pérdida y nunca pudimos conocernos tanto como para echarte de menos ahora. Y sin embargo aquí estoy, frente a tu féretro contemplando tu rostro envejecido con el paso irrefrenable del tiempo. Tus ojos estaban cerrados pero sabía que conservaban la misma expresión fría que antaño. Tu cara seguía teniendo un gesto extraño en el conjunto. Y tu boca… aquella fina línea que atravesaba tus labios había aprendido a sonreír. Parecía más una burla a la muerte que una sonrisa, el gesto último de una persona que había vivido todo lo que tenía que vivir y que ahora dedicaba su mueca final a todo aquel que la contemplase.

Te miré detenidamente y no pude contener una sonrisa que asomaba tímida en mis agrietados labios. Te miré tratando de emular aquella mirada joven de antaño, intentando rememorar por un instante ese momento fugaz de aquel inusual beso, de aquella despedida desacertada, de aquel lazo casi mágico forjado en aquel momento entre nuestros dedos. Y comencé a reír. Al principio podría haberse confundido con una tos extraña pero el volumen y la cadencia fueron en aumento hasta acabar en una enorme carcajada. Nunca pude llorar tu distancia, pero sí que puedo reír tu pérdida. Un último consuelo póstumo que acompañase a tu gélida sonrisa.

Puedes tomarme por loco pero juro que en aquel momento tus labios se ensancharon un poco y mostraron una sonrisa verdadera, amable, cercana. La mueca burlona desapareció hasta dejar paso a una sonrisa radiante que me encogió el corazón en un puño y me hizo un nudo en la garganta. Y lloré. Lloré por todo el tiempo que podríamos haber vivido juntos. Lloré por haber estado tanto tiempo lejos de ti, tantos años sin poder estar a tu lado. Pero sobretodo, lloré porque al fin supe cómo era tu sonrisa.

-Adiós, mi pequeña –Dije mientras besaba su frente


Mis pasos retumbaron por toda la sala mientras me alejaba del féretro. La despedida fue agria, fría y letal, como aquel entonces. La diferencia es que esta vez era para siempre.