jueves, 31 de julio de 2014
Fechas
Hay fechas que no se olvidan.
Hay número que jamás borraremos de nuestra memoria.
Hay ventanas que nunca dejaremos de mirar, aunque sea de reojo.
Hay costumbres dolorosas y extrañas en ocasiones a la par que odiadas. Hoy voy a hacer un pequeño homenaje a una de esas costumbres que tan poco me gustaron en su momento:
Agosto, con A de Ansiedad,
de Animal, de esos instintos
de Algo, que a veces no ocurre
de Aro, por el que tengo que pasar muchas veces
de Amar, cosa que ya olvidé
de Aguantar, todo lo malo que viene
de Harto, porque la H es muda, pero yo no.
Porque hay fechas en nuestra vida que por dolorosas que sean jamás conseguiremos borrar de nuestra mente, al igual que ciertos número como los de teléfono. Porque sigo siendo el mismo idiota que mira tu ventana esperando ver luz cuando paso por debajo. Porque sigo esperando...
jueves, 24 de julio de 2014
Océanos
Hoy he vuelto a visitar aquel sitio. Las sensaciones fueron
distintas, claro, pero había algo en el ambiente que me recordaba a ti. Tal vez
las flores, la hierba, la tierra reseca, los bancos despintados y viejos, el
sonido del agua corriendo, el sol en mi cara; tal vez todo era distinto en
aquel momento, pero yo sentía que era igual que entonces. Necesitaba que lo
fuera.
Una vez me dijiste que si algo merece ser salvado es el
amor, que debemos luchar por él. Aún conservo las tarjetitas plastificadas que
me regalaste por mi vigésimo segundo cumpleaños en la que resaltaba esa frase
sacada, como no, de la primera película que vimos juntos. Si cierro los ojos y
me concentro puedo ver con claridad aquel maravilloso momento: tú eras joven e
inocente y yo un pícaro que con alguna que otra argucia había conseguido
meterte sin apenas esfuerzo en mi habitación. Aunque el inocente fui yo al
pensar que no sabías lo que se te venía encima. Recuerdo perfectamente cómo nos
tumbamos en mi cama con la excusa de que estaríamos más cómodos para ver la
película. A mitad de esta te giré y besé tus labios de niña. No puedo ni quiero
describir con palabras aquella sensación, ese escalofrío que sentí. Un recuerdo
precioso a la par que doloroso empañado por el paso del tiempo. Recuerdo que, tras
la película, te dije que no tenía ninguna duda sobre ti y que estaba completamente
seguro de que quería estar contigo. Te mentí. En aquel momento no eras más que
lo que podía percibir de ti: una niña mimada sin experiencia en el amor ni en
la pareja. Y claro, yo no quería algo así. No quería tener que volver a empezar
de cero, volver a construir, a edificar planta por planta una relación. Y mucho
menos con alguien inexperto a mi lado sabiendo de antemano que todo el peso
recaería sobre mis hombros.
La vida es una ironía constante y a veces nos la “da con
queso”. Acabé perdida e irremediablemente enamorado de ti. Dediqué todos mis
esfuerzos a hacerte feliz y verte sonreír. Te gustaban mis bailes ridículos en
tu habitación cuando te ponía en los altavoces una canción que no conocías.
Sonreías con una claridad y una pureza casi angelicales. Luego estaban las
fotografías. Te encantaba hacerte fotos conmigo y luego regalarme muchas de
ellas. Aún conservo el cuadro rojo con nuestras fotos, aunque ya no luce en mi
pared como un canto sagrado a la felicidad. Tal vez las fotos estén viejas y
ajadas, no lo sé. Soy incapaz de verlas tal vez por miedo a comprobar que tu
rostro ha cambiado, que no es el mismo del que me enamoré. También te gustaba escucharme
canturrear cualquier canción. Recuerdo como odiabas cantar y bailar. Por aquel
entonces era feliz, muy feliz a tu lado. Pero todo día tiene su ocaso. La luz
pasó a ser oscuridad, la alegría a tristeza. Tu voz quedó reducida a silencio,
un silencio ensordecedor.
Muchos ya sabéis como acaba esto, aunque me temo que
realmente no acaba nunca. Me perdí a mitad de camino, saliste de mi vida
mientras caminaba por senderos oscuros en mitad de una noche sin luna. Y ahora,
perdido y sin nadie que camine a mi lado sigo buscando la manera de escapar de
los enrevesados senderos de mi mente donde me lastimo adrede para seguir cuerdo
y saber que sigo vivo.
Hoy he vuelto a aquel parque. Hoy he vuelto a recordar con
dolor tu risa, tu llanto, tus ojos, tus labios, tus manos, tus caderas. Todo lo
que las yemas de mis dedos puedes recordar de ti. Necesitaba recordar como
eras. Necesitaba saber que aquel parque no había cambiado desde entonces. Pero
era distinto. La hierba había crecido, las flores estaban mustias, el agua corría
con menos rapidez. El olor de la tierra había desaparecido. Aquel sitio ya no
nos pertenecía, ya no. Igual que ya no te pertenece mi cariño.
Quizás no se trata de un bosque de entramados senderos,
quizás sea un lago. Sí, estoy atrapado en un lago de recuerdos que no me dejan
alcanzar la orilla. No soy capaz de nadar. Y lo peor es que estoy seguro que si
alguien se asomase me diría: “esto no es un lago…es un océano”
sábado, 5 de julio de 2014
Adiós...
No sabía sonreír, no estaba acostumbrada. Mi sonrisa fue
torpe, forzada, más bien una prolongación de la línea que atravesaba mi boca
que una sonrisa en sí misma. Quizás mi mirada fuese fría y carente de emoción
alguna. Miraba al horizonte en busca de una sensación inexistente o demasiado
oculta como para mostrarla al exterior.
Su cara tampoco decía demasiado de él: una media sonrisa
algo bobalicona como de perpetuo enamorado a medio camino entre un trovador y
un completo imbécil. Las marcadas líneas de su cara indicaban que siempre
estaba riendo, ya por felicidad ya por ocultar bajo amargas carcajadas un dolor
perenne que no podía ni sabía controlar. Fue fácil adivinar todo eso cuando se
acercó a mí con paso torpe y me acarició levemente en el brazo y le miré a los
ojos: eran como dos ventanas transparentes que dejaban ver el fondo de su alma,
como un libro abierto de par en par con letra gigantesca que permitía leer a
todo el que quisiera hasta el más mínimo detalle de su dueño. En aquella mirada
vi su dolor, su pena, sus pequeñas dosis de alegría; vi su vida pasada y lo que
él esperaba que fuera su futuro, sus ilusiones y esperanzas. Vi multitud de
recuerdos que brotaban a borbotones deseando de abandonar aquellos ojos
cansados de tanto llorar. Y vi algo más. Algo que no sabría decir con certeza
que era, pero sentí explotar mis sentidos como si fueran fuegos artificiales.
Fue un cruce de miradas breve, apenas un segundo, pero
suficiente para activar un viejo mecanismo oxidado que me hizo acercar mi mano
a la suya y juguetear entre sus dedos. Una parte de mí quería continuar
jugando, acercarme más; sin embargo, la otra me gritaba que parase. Fue una
lucha bastante breve porque de pronto me encontré frente a él, boca con boca.
Nuestros cuerpos juveniles apenas los distanciaban milímetros y mis manos se
aferraban a su pelo como si tuviese miedo de caerme en ese momento. Y, sin
saber muy bien cómo, lo besé. Fue el beso más cálido y dulce que jamás me
habían dado. Sus labios eran pura miel en mi boca.
A día de hoy aun me sigo preguntando qué sucedió al
separarnos. No entendí por qué pero me despedí con un amargo “adiós” mientras
me separaba lentamente de su cuerpo. Mis manos aún se aferraban a él, deslizándose
por sus brazos en un intento desesperado de no terminar con aquel momento
mágico. Incluso cuando nos separamos un lazo invisible y muy fuerte nos mantenía
unidos. Mi corazón se encogió al ver su rostro. Ya no era la misma persona con
sonrisa de imbécil esperando ansioso a que algo ocurriese. Ahora era más bien
la imagen de la desesperación y la angustia: desesperado de un amor que había
durado menos que el aleteo de un colibrí y angustiado por no comprender en
absoluto que había ocurrido.
Jamás volví a probar unos labios como aquellos ni supe
encontrar en la mirada de otros lo que pude adivinar desde el primer momento en
la tuya. Nunca encontré en otras caricias esas chispas que saltaban con el roce
de nuestros dedos. Fuiste mi gran amor juvenil, un romance de verano venido a
más. En tan solo un instante te convertiste en el amor de mi vida. Y desde
entonces he dedicado todos mis esfuerzos a encontrarte. Dediqué días, meses,
años…décadas a dar contigo, pero fuiste una hormiga entre cientos de colmenas.
He pasado media vida buscándote, persiguiendo un fantasma por todo el mundo. Mi
felicidad tenía un nombre, y era el tuyo. Y no pensaba jamás darme por vencida.
Al final todo esfuerzo tiene su recompensa pero el destino
es caprichoso y no siempre nos brinda la oportunidad en el momento adecuado.
Muchos años después de aquel verano di contigo en un parque. Estabas algo más
envejecido por supuesto, pero seguías teniendo aquellos ojos transparentes como
el cristal que me permitían seguir viendo dentro de ti. Las líneas de tu cara eran
más profundas, consecuencia de tu personalidad alegre y tu sonrisa siempre
dispuesta. Tus labios seguían siendo los mismos, no habían cambiado nada. Mi
corazón dio un vuelco al verte. Después de tantos años, de tanta búsqueda, de
tanto sufrimiento de tu ausencia. Al fin te veía de nuevo. Sin embargo todo mi
gozo se esfumó al ver el anillo en tu mano. Una preciosa alianza dorada
indicativo de que una preciosa mujer aguardaba impaciente tu regreso a casa.
Tenía que ser preciosa porque cualquier mujer caería rendida ante aquella
mirada tierna y aquella sonrisa. Quería acercarme a ti pero era totalmente
inviable. Habías continuado tu vida tal y como debía ser mientras que yo me
quedé embarrada en un recuerdo fangoso del que nunca conseguía huir. Yo no
tenía derecho a irrumpir en tu vida después de haberte abandonado.
Comprendí que había dejado pasar la oportunidad y que jamás
volvería. Desde lejos y con lágrimas en los ojos me despedí de ti por última vez.
Y esta vez era de verdad.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)


