No sabía sonreír, no estaba acostumbrada. Mi sonrisa fue
torpe, forzada, más bien una prolongación de la línea que atravesaba mi boca
que una sonrisa en sí misma. Quizás mi mirada fuese fría y carente de emoción
alguna. Miraba al horizonte en busca de una sensación inexistente o demasiado
oculta como para mostrarla al exterior.
Su cara tampoco decía demasiado de él: una media sonrisa
algo bobalicona como de perpetuo enamorado a medio camino entre un trovador y
un completo imbécil. Las marcadas líneas de su cara indicaban que siempre
estaba riendo, ya por felicidad ya por ocultar bajo amargas carcajadas un dolor
perenne que no podía ni sabía controlar. Fue fácil adivinar todo eso cuando se
acercó a mí con paso torpe y me acarició levemente en el brazo y le miré a los
ojos: eran como dos ventanas transparentes que dejaban ver el fondo de su alma,
como un libro abierto de par en par con letra gigantesca que permitía leer a
todo el que quisiera hasta el más mínimo detalle de su dueño. En aquella mirada
vi su dolor, su pena, sus pequeñas dosis de alegría; vi su vida pasada y lo que
él esperaba que fuera su futuro, sus ilusiones y esperanzas. Vi multitud de
recuerdos que brotaban a borbotones deseando de abandonar aquellos ojos
cansados de tanto llorar. Y vi algo más. Algo que no sabría decir con certeza
que era, pero sentí explotar mis sentidos como si fueran fuegos artificiales.
Fue un cruce de miradas breve, apenas un segundo, pero
suficiente para activar un viejo mecanismo oxidado que me hizo acercar mi mano
a la suya y juguetear entre sus dedos. Una parte de mí quería continuar
jugando, acercarme más; sin embargo, la otra me gritaba que parase. Fue una
lucha bastante breve porque de pronto me encontré frente a él, boca con boca.
Nuestros cuerpos juveniles apenas los distanciaban milímetros y mis manos se
aferraban a su pelo como si tuviese miedo de caerme en ese momento. Y, sin
saber muy bien cómo, lo besé. Fue el beso más cálido y dulce que jamás me
habían dado. Sus labios eran pura miel en mi boca.
A día de hoy aun me sigo preguntando qué sucedió al
separarnos. No entendí por qué pero me despedí con un amargo “adiós” mientras
me separaba lentamente de su cuerpo. Mis manos aún se aferraban a él, deslizándose
por sus brazos en un intento desesperado de no terminar con aquel momento
mágico. Incluso cuando nos separamos un lazo invisible y muy fuerte nos mantenía
unidos. Mi corazón se encogió al ver su rostro. Ya no era la misma persona con
sonrisa de imbécil esperando ansioso a que algo ocurriese. Ahora era más bien
la imagen de la desesperación y la angustia: desesperado de un amor que había
durado menos que el aleteo de un colibrí y angustiado por no comprender en
absoluto que había ocurrido.
Jamás volví a probar unos labios como aquellos ni supe
encontrar en la mirada de otros lo que pude adivinar desde el primer momento en
la tuya. Nunca encontré en otras caricias esas chispas que saltaban con el roce
de nuestros dedos. Fuiste mi gran amor juvenil, un romance de verano venido a
más. En tan solo un instante te convertiste en el amor de mi vida. Y desde
entonces he dedicado todos mis esfuerzos a encontrarte. Dediqué días, meses,
años…décadas a dar contigo, pero fuiste una hormiga entre cientos de colmenas.
He pasado media vida buscándote, persiguiendo un fantasma por todo el mundo. Mi
felicidad tenía un nombre, y era el tuyo. Y no pensaba jamás darme por vencida.
Al final todo esfuerzo tiene su recompensa pero el destino
es caprichoso y no siempre nos brinda la oportunidad en el momento adecuado.
Muchos años después de aquel verano di contigo en un parque. Estabas algo más
envejecido por supuesto, pero seguías teniendo aquellos ojos transparentes como
el cristal que me permitían seguir viendo dentro de ti. Las líneas de tu cara eran
más profundas, consecuencia de tu personalidad alegre y tu sonrisa siempre
dispuesta. Tus labios seguían siendo los mismos, no habían cambiado nada. Mi
corazón dio un vuelco al verte. Después de tantos años, de tanta búsqueda, de
tanto sufrimiento de tu ausencia. Al fin te veía de nuevo. Sin embargo todo mi
gozo se esfumó al ver el anillo en tu mano. Una preciosa alianza dorada
indicativo de que una preciosa mujer aguardaba impaciente tu regreso a casa.
Tenía que ser preciosa porque cualquier mujer caería rendida ante aquella
mirada tierna y aquella sonrisa. Quería acercarme a ti pero era totalmente
inviable. Habías continuado tu vida tal y como debía ser mientras que yo me
quedé embarrada en un recuerdo fangoso del que nunca conseguía huir. Yo no
tenía derecho a irrumpir en tu vida después de haberte abandonado.
Comprendí que había dejado pasar la oportunidad y que jamás
volvería. Desde lejos y con lágrimas en los ojos me despedí de ti por última vez.
Y esta vez era de verdad.

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