Silencio. Silencio. Silencio. Silencio inerte en la penumbra
de mi habitación, roto por el aullido lejano de una sirena y el ventilador de
mi ordenador. Los muebles crujen muertos de vida y un leve viento sopla por la
ventana.
Luz. Luz. Luz. Luz de luna que
apenas ilumina y de farolas que vomitan anaranjados destellos, de ventanas que
pernoctan encendidas de pasión o de puro aburrimiento.
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A ella le sobraba luz en sus silencios, y oscuridad en sus
ahogos. A mí me sobraron noches en silencio y semanas de ahogo, sin luz ni guía
en mitad de una temible oscuridad.
A ella nunca le importó llevar por bandera su ego afilado e
hiriente cortando con filo asesino cada pensamiento contrario, dejando heridas
contadas por miles a su paso. A mí nunca me importó sufrir heridas de muerte y
desangrarme ante sus pies, besando cada huella que marcaba a fuego en el
asfalto, arrastrado como un vil gusano.
A ella poco o nada le importaba
la verdad, solo le interesaba su verdad. A mí nunca me importó cual fuera
mientras siguiera sus pasos.
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Y poco a poco perdí la vida siguiendo unos pasos que me
arrastraban hacia el precipicio más ruin posible, un pobre cristiano desfilando
por la tabla a punto de ser arrojado a los tiburones. Temiendo el momento
inminente en el que mis pies tocaran el agua, rezaba a un Dios injusto y
desconocido que peca de desconsiderado y lejano con sus fieles.
Hagas lo que hagas, acabas cayendo. Tu cuerpo flota durante
unos instantes que pueden parecer eternos y recuerdas demasiado: una
vertiginosa película desanimada cuyos retazos suspensos en el aire te dejan
mareado y sin aliento. Y luego notas el impacto. Al principio no sientes todo
el frío del océano, tan solo un duro golpe que pica en cada centímetro de tu
piel. Te parece malo, pero no lo es. Es lo mejor que te puede pasar en ese
momento, porque tarde o temprano llega el frío, y cuando lo hace sabes que la
patada en la tabla, la caída, el golpe…todo es un aburrido e inocuo trámite
comparado con lo que llega.
El frío. El frío te hiela la sangre, te congela. El frío te
descorazona, encharca tus pulmones de gélida desesperanza y te encoge. El frío
te cala hasta los huesos, reduce tu movimiento y arruga tu piel. El frío le
arrebata la vida a tu mirada y congela tu sonrisa en una mueca deshecha. Y una
coraza de hielo te envuelve por completo mientras oyes crujir todo tu cuerpo y
quedar atrapado sin remedio.
Y así, roto y helado tienes que
permanecer hasta que tu cuerpo, o el de otra persona, descongele la gruesa capa
de hielo que te rodea. Y no es fácil. Hace falta mucha dedicación, paciencia,
perseverancia. Y encima, por si fuera poco, puede darse el caso de que consigas
descongelar parte de tu cuerpo, que empieces a moverte y a intentar arrancarte
el resto, pero tu interior sigue helado. Tu piel azulácea te delata y el brillo
del cristal de tus ojos parece afilado. Pero tranquilo, no estás solo.
Encontrarás a millones de almas en pena caminando como muertos vivientes
desesperados por calor humano y alguna que otra caricia desinteresada.
Verdaderos monstruos de nuestra sociedad moderna en la que prima la
desconfianza, persiste el libre albedrío en su forma más obscena y reina el “usar
y tirar” por encima del “arreglar”.
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A ella no le importó que mi piel fuese azul, o que mis ojos
parecieran cuchillos. Tampoco le importó que fuera un animal herido, cobarde y
asustado que rehuía de todo y de todos. A mí no me importó su inmadurez, su
manera de pensar y de hacer las cosas.
A ella no le importó mi condición económica y social, ni el
barrio donde vivía. A mí no me importaron sus venenosas palabras extremistas.
A ella no le importó compartir sus besos, su piel, sus ojos,
su vida conmigo. A mí no me importó comérmela a besos, sentir su piel, beber
sus ojos y vivir su vida.
A ella no le importó alejarse y separarnos. A mí no me
importó aguantar y tragarme las lágrimas.
A ella no le importó destrozarme. A mí no me importó llorar
nuestra pérdida.
A ella no le importé.
A ella no le importo.
Ella me importa.
Yo no me importo.

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