martes, 21 de octubre de 2014

[Escarcha]


Silencio. Silencio. Silencio. Silencio inerte en la penumbra de mi habitación, roto por el aullido lejano de una sirena y el ventilador de mi ordenador. Los muebles crujen muertos de vida y un leve viento sopla por la ventana.

Luz. Luz. Luz. Luz de luna que apenas ilumina y de farolas que vomitan anaranjados destellos, de ventanas que pernoctan encendidas de pasión o de puro aburrimiento.
---------------------------------------------------------

A ella le sobraba luz en sus silencios, y oscuridad en sus ahogos. A mí me sobraron noches en silencio y semanas de ahogo, sin luz ni guía en mitad de una temible oscuridad.

A ella nunca le importó llevar por bandera su ego afilado e hiriente cortando con filo asesino cada pensamiento contrario, dejando heridas contadas por miles a su paso. A mí nunca me importó sufrir heridas de muerte y desangrarme ante sus pies, besando cada huella que marcaba a fuego en el asfalto, arrastrado como un vil gusano.

A ella poco o nada le importaba la verdad, solo le interesaba su verdad. A mí nunca me importó cual fuera mientras siguiera sus pasos.
---------------------------------------------------------

Y poco a poco perdí la vida siguiendo unos pasos que me arrastraban hacia el precipicio más ruin posible, un pobre cristiano desfilando por la tabla a punto de ser arrojado a los tiburones. Temiendo el momento inminente en el que mis pies tocaran el agua, rezaba a un Dios injusto y desconocido que peca de desconsiderado y lejano con sus fieles.

Hagas lo que hagas, acabas cayendo. Tu cuerpo flota durante unos instantes que pueden parecer eternos y recuerdas demasiado: una vertiginosa película desanimada cuyos retazos suspensos en el aire te dejan mareado y sin aliento. Y luego notas el impacto. Al principio no sientes todo el frío del océano, tan solo un duro golpe que pica en cada centímetro de tu piel. Te parece malo, pero no lo es. Es lo mejor que te puede pasar en ese momento, porque tarde o temprano llega el frío, y cuando lo hace sabes que la patada en la tabla, la caída, el golpe…todo es un aburrido e inocuo trámite comparado con lo que llega.

El frío. El frío te hiela la sangre, te congela. El frío te descorazona, encharca tus pulmones de gélida desesperanza y te encoge. El frío te cala hasta los huesos, reduce tu movimiento y arruga tu piel. El frío le arrebata la vida a tu mirada y congela tu sonrisa en una mueca deshecha. Y una coraza de hielo te envuelve por completo mientras oyes crujir todo tu cuerpo y quedar atrapado sin remedio.

Y así, roto y helado tienes que permanecer hasta que tu cuerpo, o el de otra persona, descongele la gruesa capa de hielo que te rodea. Y no es fácil. Hace falta mucha dedicación, paciencia, perseverancia. Y encima, por si fuera poco, puede darse el caso de que consigas descongelar parte de tu cuerpo, que empieces a moverte y a intentar arrancarte el resto, pero tu interior sigue helado. Tu piel azulácea te delata y el brillo del cristal de tus ojos parece afilado. Pero tranquilo, no estás solo. Encontrarás a millones de almas en pena caminando como muertos vivientes desesperados por calor humano y alguna que otra caricia desinteresada. Verdaderos monstruos de nuestra sociedad moderna en la que prima la desconfianza, persiste el libre albedrío en su forma más obscena y reina el “usar y tirar” por encima del “arreglar”.
---------------------------------------------------------

A ella no le importó que mi piel fuese azul, o que mis ojos parecieran cuchillos. Tampoco le importó que fuera un animal herido, cobarde y asustado que rehuía de todo y de todos. A mí no me importó su inmadurez, su manera de pensar y de hacer las cosas.

A ella no le importó mi condición económica y social, ni el barrio donde vivía. A mí no me importaron sus venenosas palabras extremistas.

A ella no le importó compartir sus besos, su piel, sus ojos, su vida conmigo. A mí no me importó comérmela a besos, sentir su piel, beber sus ojos y vivir su vida.

A ella no le importó alejarse y separarnos. A mí no me importó aguantar y tragarme las lágrimas.

A ella no le importó destrozarme. A mí no me importó llorar nuestra pérdida.

A ella no le importé. 

A ella no le importo.

Ella me importa.



Yo no me importo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario