miércoles, 27 de agosto de 2014

ce n'est pas un écrit


Era una niña. Olía como una niña. Olía como todas las pequeñas de 17 años deben oler, a inmaculada juventud, a inocente aroma mezcla de sudor fuerte y champú de camomila. Su piel firme y suave, su pelo enmarañado, sus anchas caderas, sus piernas cortas y robustas, sus manos torpes… todo estaba en consonancia con la edad que poseía. Ni más, ni menos. No necesitaba correr ni adelantarse a nadie, ni tampoco ser más que nadie. Era, simplemente. Perfecta en su imperfección, un puzle de mil piezas en las que todas eran cuadradas y aun así algunas no encajaban.

Pero las personas cambian. La piel perdió su elasticidad y firmeza, su pelo tratado estaba siempre suave y liso, sus caderas se ensancharon aún más, sus piernas crecieron, sus manos se tornaron habilidosas y sus 17 quedaron en la lejanía, abandonados y olvidados en cualquier contenedor de un vertedero cualquiera. Despojada de su inocencia y con mácula caminaba por la vida como si nadie pudiera pararla, un tren bala imparable surfeando por la urbe con un leve vaivén caramelizado, dulce hasta para empalagar al más goloso.

Algún día caerá su imperio de falsas risas y encuentros premeditados, de tanta gente y tan pocas personas; algún día caerá sobre ella el arma implacable de la naturaleza para darle una lección vital sobre su propia especie y mostrarle así cuanto daño hizo a sus semejantes. Pero tal vez la enseñanza sea insuficiente en su caso y no lo entienda jamás. La lectura de ese día en la iglesia no la entenderá ni Dios, ¿Por qué iba a ser ella diferente del resto del rebaño? No lo era, sin duda. Era otra más, otro pequeño engranaje de esta sanguina maquinaria que nos rodea, nos envuelve y nos arropa por las noches susurrándonos amargos deseos imposibles de venganzas inexistentes a nosotros mismos por las acciones diarias cometidas bajo el influjo de nuestras emociones.

Tal vez no tenga ella la culpa, tal vez sea la educación recibida, la sociedad en sí, el entorno, el ambiente, el aire, la alimentación, la plancha del pelo, la marca de ropa, el color elegido para las paredes de su cuarto... Muchas variables como para saber a ciencia cierta preguntas tan vitales y básicas como “¿Por qué?” y “¿Cuándo?”. ¿Por qué tú? ¿Por qué yo? ¿Cuándo cambiaste? ¿Cuándo me hiciste cambiar? ¿Cuándo volverás a ser la de antes? ¿Por qué no puedes ser como antes? ¿Por qué no puedo ser como antes?


Tendremos que conformarnos con lo tangible, achacar los problemas y los cambios a pequeños errores palpables y dejar de lado las incógnitas complejas de las emociones. Quizás estemos todos soñando, como han dicho alguna vez. Tal vez todo sea un sueño y todos y cada uno de nosotros estamos soñando, atrapados en un mundo durmiente. Tal vez ha llegado el momento de despertar y ver que hay más allá del sueño. Tal vez tú también despiertes algún día y podamos caminar despacio, sin prisas, sin nada ni nadie al que enfrentarnos. Tal vez podamos ser como antes.

lunes, 11 de agosto de 2014

De nuevo esa estupidez



El tiempo no para ante nada ni ante nadie. Incesante, continuo, imparable y cruel. Se me eriza el cabello y un escalofrío recorre mi espalda tan solo de pensar que en apenas un segundo nuestras vidas pueden cambiar, para bien o para mal. El tiempo nos hace sus esclavos en el mismo instante de nacer, y estamos condenados a servirle fieles o morir de desesperación en el intento. El tiempo es relativo: hay segundos que pueden durar años y años que duran apenas unos minutos. Sin embargo, sigue corriendo constante a pesar de nuestras interpretaciones interferidas por emociones.

Ha pasado mucho tiempo. Tu recuerdo sigue quemando. Tus brasas parecen extinguirse pero al más mínimo soplo tus lenguas de fuego alcanzan metros por encima de mi cabeza alumbrando todo a mí alrededor y me lames con tu calor hiriente. Sigo estando quemado de los pies a la cabeza y no hay bálsamo que me alivie, excepto uno. Siempre supe que en algún momento volverías a casa, a tu hogar. Era algo fijo, predecible e innegable. Aun así mi mente creó un entorno donde tú nunca volvías, un plano temporal en el cual no contestabas a mi provocación porque no habías regresado y tampoco me felicitabas porque habías perdido u olvidado mi número de teléfono. Siempre alzaba la vista para contemplar tu ventana entrecerrada y comprobar que no habías vuelto y que mi paranoia se cumplía. Fui un completo estúpido.

Hoy he vuelto a pasar bajo tu ventana, he alzado la vista y tu ventana seguía entrecerrada. Pero había algo diferente y me propuse mirar detenidamente tu edificio con tan mala suerte que comprobé algo que mi mente había estado negando todo el tiempo: Había pasado meses enteros mirando a la ventana equivocada. He estado mucho tiempo construyendo un mundo en el que tú no existías en la ecuación y no había peligro ni riesgo de volver a encontrarte y, tal vez, había una extraña esperanza de que respondieras a mi provocación. En tan solo un segundo todo eso cambió por un hecho tan simple como evidente.

Ahora sonrío de pura vergüenza al pensar que fui un imbécil que miró la ventana errónea durante demasiado tiempo. Mi fantasía ha durado demasiado tiempo. Esta pena, este pesar, esta angustia está durando demasiado tiempo.


Hoy he despertado para volver a caer, a las pocas horas, en mi mundo oscuro de negación. Hoy he vuelto a escuchar tu voz aunque tú jamás lo sepas, o tal vez lo imagines. Quién sabe. Puede que te hayas dado cuenta, puede que siga siendo un niño que no aprende. Puede que jamás despierte de esta pesadilla.