Hay lluvia en el cajón donde guardo los sentimientos. Una
lluvia discontinua y fina, que cala hasta los huesos. Con su silencio
estremecedor, con ese leve traqueteo, cada gota que resuena y estalla contra el
suelo, calma mis esperanzas y ahoga mis pensamientos.
Casi siempre te abandonan demasiado pronto, y yo soy de
encariñarme el primero, de amarrar cada segundo que respiramos, de guardar cada
instante de deseo. Siempre sabemos que cada inicio tiene un fin, aunque no
queramos verlo. Un término al que se llega tarde o temprano, por carretera o sendero,
guiado por una estrella o conducido directo al matadero.
Creemos que podemos luchar contra el destino, contra nuestro
propio destino, pero no somos más que motas de polvo en un desván añejo. Con
una leve sacudida o un fuerte soplido, te mueven de un lado a otro sin poder
luchar con ese sino ¿Ves? Somos frágiles ante la más mínima perturbación de
nuestro entorno, vivimos en un perpetuo estado de desatino, marcado por las
idas y venidas del mundo, por una realidad que se ha desteñido. Y todo el
dulzor de guayaba, la dulce miel que ahora puebla tu boca, se desvanece en un
suspiro, se desvanece en lo que tarda ese cariño en resbalar por tu ropa.
Siempre nos quedan los recuerdos, esos que guardo en mi
cajón junto a mis más desafortunados
sentimientos. Nunca los saco de casa, no
los llevo encima, jamás me los verás puestos. Ellos son frágiles y lo más
parecido que los encuentro, es a los dientes de león, que con un desafortunado
suspiro se desmoronan entero. Cuido de ellos como si fuesen mi más preciado
tesoro, no dejo que nadie los vea ni hablo sobre ellos. Aunque alguna que otra
vez me he descuidado y me ha tocado mimarlos, coger sus pedazos y hacerlos
entero, arroparlos durante semanas y guardarlos en mi cajón de nuevo.
Hay lluvia en el cajón donde guardo los sentimientos. Una
lluvia densa que, con gotas de desconsuelo, destroza mis esperanzas y me ahoga
por dentro.

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