Es curioso como en tan poco tiempo todo puede cambiar. Ahora
soy incapaz de pasar de las fotos de Semana Santa, que son pocas, porque hay
algo que me aterra en esas fotografías cargadas de recuerdos. Es increíble como
un conjunto de píxeles ordenados dan color y forma a unos retratos en dos
dimensiones tan cargados de contenido como carentes de sentido. La vida es
sencillamente mágica, aunque no siempre en el buen sentido de la palabra.
Hoy no quiero escribir. He empezado seis veces y he borrado
cada cosa que realmente quería escribir, transmitir. Pero hoy, más que nunca,
me ha surgido la gran duda: ¿Para quién escribo? ¿Para mí…o para ti? ¿Es una
excusa más que uso para seguir con el barro hasta el cuello? ¿De verdad quiero
salir a limpiarme o realmente quiero que me trague el lodo hasta asfixiarme y
morir? La idea de la muerte no se ve tan mal, creo: sufrimientos, pesares,
llantos, angustias, penas, lágrimas, dolores…todo se esfuma en unos instantes.
También se van los buenos momentos como la alegría y la felicidad, pero cuando
estás en ciertos estados emocionales llega el punto inflexivo en que ves que esas
emociones pasan de largo por delante de tus narices. La gente sonríe y se
autoproclama feliz, aunque tengo mis serias dudas con respecto a eso. Cada vez
hay más escasez de cariño y de amor en este planeta cargado hasta el tope de
seres, que no humanos, que juegan a la ruleta con los sentimientos ajenos. Hay
que vivir más para uno mismo y no inmiscuirse en las vidas ajenas para
cambiarlas según el parecer propio. No tienes por qué estar equivocado, tal vez
tu consejo sea sincero y bueno y hasta puede que lleves razón, pero las
personas aprendemos a base de palos, duros golpes que pasan rápido pero que
quedan impresos para ayudarte a mantenerte a flote. Y la muerte es el golpe final,
la enseñanza última.
A estas alturas ya sabéis que soy el primer gran falso de
este lugar, el primero en fingir hasta la última sonrisa, hasta la más
inesperada. Finjo ser otra persona, otra versión de mí, más bien. Las sonrisas
sinceras desaparecieron, los abrazos son recolectores efímeros de un anhelado
cariño del que tanta escasez hay, mis ojos hace tiempo dejaron de humedecerse
por felicidad. Escribo textos a fantasmas nocturnos sin sentido ni razón a sabiendas
de que jamás serán leídos, pues ni los fantasmas leen ni existen en nuestro
mundo.
¿Cuánto he de esperar a que la esperanza, la ilusión, las
ganas de vivir vuelvan a anidar en mi pelo sucio de tanta tristeza y
putrefacción de mi alma? ¿Volveré a sentir deseos fogosos de besar unos labios
tiernos de mujer que con un solo roce me transmita más que cualquier otra cosa
en este universo? ¿Seré capaz de amar de nuevo, de sentir esas ganas de gastar
hasta el último aliento con una persona que con una mirada y una caricia me
devuelva la vida?
¿Volveré a ser yo?

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