Era una niña. Olía como una niña. Olía como todas las
pequeñas de 17 años deben oler, a inmaculada juventud, a inocente aroma mezcla
de sudor fuerte y champú de camomila. Su piel firme y suave, su pelo enmarañado,
sus anchas caderas, sus piernas cortas y robustas, sus manos torpes… todo
estaba en consonancia con la edad que poseía. Ni más, ni menos. No necesitaba
correr ni adelantarse a nadie, ni tampoco ser más que nadie. Era, simplemente.
Perfecta en su imperfección, un puzle de mil piezas en las que todas eran
cuadradas y aun así algunas no encajaban.
Pero las personas cambian. La piel perdió su elasticidad y
firmeza, su pelo tratado estaba siempre suave y liso, sus caderas se
ensancharon aún más, sus piernas crecieron, sus manos se tornaron habilidosas y
sus 17 quedaron en la lejanía, abandonados y olvidados en cualquier contenedor
de un vertedero cualquiera. Despojada de su inocencia y con mácula caminaba por
la vida como si nadie pudiera pararla, un tren bala imparable surfeando por la
urbe con un leve vaivén caramelizado, dulce hasta para empalagar al más goloso.
Algún día caerá su imperio de falsas risas y encuentros
premeditados, de tanta gente y tan pocas personas; algún día caerá sobre ella
el arma implacable de la naturaleza para darle una lección vital sobre su
propia especie y mostrarle así cuanto daño hizo a sus semejantes. Pero tal vez
la enseñanza sea insuficiente en su caso y no lo entienda jamás. La lectura de
ese día en la iglesia no la entenderá ni Dios, ¿Por qué iba a ser ella
diferente del resto del rebaño? No lo era, sin duda. Era otra más, otro pequeño
engranaje de esta sanguina maquinaria que nos rodea, nos envuelve y nos arropa
por las noches susurrándonos amargos deseos imposibles de venganzas
inexistentes a nosotros mismos por las acciones diarias cometidas bajo el
influjo de nuestras emociones.
Tal vez no tenga ella la culpa, tal vez sea la educación
recibida, la sociedad en sí, el entorno, el ambiente, el aire, la alimentación,
la plancha del pelo, la marca de ropa, el color elegido para las paredes de su
cuarto... Muchas variables como para saber a ciencia cierta preguntas tan
vitales y básicas como “¿Por qué?” y “¿Cuándo?”. ¿Por qué tú? ¿Por qué yo? ¿Cuándo
cambiaste? ¿Cuándo me hiciste cambiar? ¿Cuándo volverás a ser la de antes? ¿Por
qué no puedes ser como antes? ¿Por qué no puedo ser como antes?
Tendremos que conformarnos con lo tangible, achacar los
problemas y los cambios a pequeños errores palpables y dejar de lado las
incógnitas complejas de las emociones. Quizás estemos todos soñando, como han
dicho alguna vez. Tal vez todo sea un sueño y todos y cada uno de nosotros
estamos soñando, atrapados en un mundo durmiente. Tal vez ha llegado el momento
de despertar y ver que hay más allá del sueño. Tal vez tú también despiertes
algún día y podamos caminar despacio, sin prisas, sin nada ni nadie al que
enfrentarnos. Tal vez podamos ser como antes.

No hay comentarios:
Publicar un comentario