Ella no sabía sonreír, no estaba acostumbrada. Su sonrisa
era torpe, forzada, más bien una prolongación de la línea que atravesaba su
boca que en una sonrisa en sí misma. Sus
ojos parecían vacíos, carentes de emoción alguna. Unos ojos oscuros mirando al
infinito, buscando tal vez algo que le revelara el secreto para sonreír de
forma correcta. Su cara, desde luego, no
sabía acompañar esa sonrisa a medio camino que encogía toda su fez en un gesto
que podría decirse ridículo y burdo. Todo, hasta el más mínimo detalle, era
realmente cómico y digno de un chiste sin gracia.
Tal vez fue mi acercamiento hacia ella, tal vez mi leve
caricia en su mejilla…tal vez tan solo fue casualidad, pero aquellos ojos
oscuros me miraron y de repente vislumbré una pequeña chispa, un brillo de un
fuego que no terminaba de acostumbrarse a estar encendido. Nuestras miradas se
cruzaron durante apenas un segundo pero fue el tiempo suficiente para ver que
en su interior albergaba un cariño dormido que poco a poco despertaba tras años
de letargo. Su mano se movía casi robótica en respuesta a la caricia y buscaba
la mía para atraparla. Jugueteaba con la yema de mis dedos, con los surcos de
mi palma, con mis uñas. Observaba con todo detalle cada movimiento mío o suyo,
quizás en un afán de guardarlo en un recóndito lugar de su memoria donde
pudiera acceder siempre que quisiera y resentir aquel momento en un bucle
infinito de placer juvenil.
Lo más sorprendente fue, sin duda alguna, la capacidad que
poseía para romper la barrera del espacio vital inherente a cada ser humano:
supo destrozar mi muro en un segundo, y al siguiente sostenía mi cabeza entre
sus manos de niña pequeña mientras su cuerpo y el mío apenas lo distanciaban
milímetros. Aun no soy capaz de explicar
como ocurrió pero fue el beso más dulce que había probado en bastante tiempo…y
a la vez el más amargo que jamás me han dado.
Fue un agrio “adiós“, un frío “hasta luego”, un letal “nos
veremos, quizás”. Fue la despedida que nunca quiso terminar, pues cuando nos
separamos, mientras nos alejábamos el uno del otro, nuestras manos seguían
unidas, deslizándose nuestros dedos por todo el brazo hasta llegar a la punta.
Incluso cuando ese contacto se perdió quedamos unidos para siempre por un lazo
eléctrico de pasión y juego adulto, con una pizca de amor veraniego y un aroma
de rosas.
Nunca más supe de ti. Pasaron días, semanas, meses, años…décadas.
Nada. Tan solo el recuerdo de tu sombra me acompañaba algunas noches sin luna
en las que mi alma insomne no podía descansar. No supe de ti…hasta ahora.
La noticia de tu muerte me pilló desprevenido, viejo,
cansado y huraño. No hubo sorpresa ni pena, tan solo un atisbo de melancolía al
recordar aquella escena de amor juvenil. Había pasado demasiado tiempo como
para sentir lástima por tu pérdida y nunca pudimos conocernos tanto como para
echarte de menos ahora. Y sin embargo aquí estoy, frente a tu féretro contemplando
tu rostro envejecido con el paso irrefrenable del tiempo. Tus ojos estaban
cerrados pero sabía que conservaban la misma expresión fría que antaño. Tu cara
seguía teniendo un gesto extraño en el conjunto. Y tu boca… aquella fina línea
que atravesaba tus labios había aprendido a sonreír. Parecía más una burla a la
muerte que una sonrisa, el gesto último de una persona que había vivido todo lo
que tenía que vivir y que ahora dedicaba su mueca final a todo aquel que la
contemplase.
Te miré detenidamente y no pude contener una sonrisa que
asomaba tímida en mis agrietados labios. Te miré tratando de emular aquella
mirada joven de antaño, intentando rememorar por un instante ese momento fugaz
de aquel inusual beso, de aquella despedida desacertada, de aquel lazo casi
mágico forjado en aquel momento entre nuestros dedos. Y comencé a reír. Al
principio podría haberse confundido con una tos extraña pero el volumen y la
cadencia fueron en aumento hasta acabar en una enorme carcajada. Nunca pude
llorar tu distancia, pero sí que puedo reír tu pérdida. Un último consuelo
póstumo que acompañase a tu gélida sonrisa.
Puedes tomarme por loco pero juro que en aquel momento tus
labios se ensancharon un poco y mostraron una sonrisa verdadera, amable,
cercana. La mueca burlona desapareció hasta dejar paso a una sonrisa radiante
que me encogió el corazón en un puño y me hizo un nudo en la garganta. Y lloré.
Lloré por todo el tiempo que podríamos haber vivido juntos. Lloré por haber
estado tanto tiempo lejos de ti, tantos años sin poder estar a tu lado. Pero
sobretodo, lloré porque al fin supe cómo era tu sonrisa.
-Adiós, mi pequeña –Dije mientras besaba su frente
Mis pasos retumbaron por toda la sala mientras me alejaba
del féretro. La despedida fue agria, fría y letal, como aquel entonces. La
diferencia es que esta vez era para siempre.

No hay comentarios:
Publicar un comentario