domingo, 4 de mayo de 2014

De nuevo esa oscuridad

Podría estar haciendo algo de provecho en vez de escribir y mirar de reojo el reloj de mi pared con su imparable segundero que lleva la cuenta atrás. Dormir, por ejemplo. Parece que hoy es el día de no hacer nada, tan solo de apagar luces y contemplar la oscuridad. Ella me envuelve como una capa más de mi piel. La conocemos y la tememos, pero también la anhelamos en ocasiones, ya que en ella suceden los peores actos y las más bellas pasiones. Temida y respetada por la magia que posee, nos abrazamos a ella hasta que amanece.

También es sinónimo de soledad y ausencia, o incluso de secretismo. Pura ambigüedad digna del ser humano. Al igual que no hay luz sin oscuridad, no hay felicidad sin tristeza, sin desolación.

En el gélido silencio de mi habitación, sentado en mi sillón y alumbrado por la tenue luz que desprende el monitor de mi ordenador, recuerdo retazos de una vida ya pasada, de un “quiso” que no llegó a “pudo”. Pienso en ello como una tormenta incontrolable que se desata de pronto durante una plácida noche de verano en mitad del mar. Yo navego tranquilo en una pequeña balsa de falsa felicidad, y los rugidos del viento y el bramido del mar hacen que intente huir, pero el agua está congelada y moriría ahogado. Dentro de la balsa no tengo mayores probabilidades de sobrevivir, y lo único que se me ocurre en esos momentos es correr en círculos, totalmente perdido. Las olas crecen y el chillido del viento es cada vez más fuerte. La balsa se tambalea y caigo aturdido de bruces contra ella. El agua salpica por doquier calándome los huesos. Y así durante horas, tal vez días quien sabe, apabullado y desorientado me aferro a mi pequeña balsa que da vueltas, se tambalea y amenaza con desaparecer entre las olas furiosas. Lo peor es que, al despertar, estoy en una isla desierta repleta de incertidumbre y perdido y hambriento de cariño me arrastro por la arena en busca de algo que llevarme a la boca. Y pasarán días, semanas o incluso meses hasta que, una vez curtidas las heridas bajo un sol abrasador y un viento salado que hace escocer hasta el alma, sea lo suficientemente fuerte para nadar mar adentro hasta que alguien me encuentre.

Todos hemos pasado por esa tormenta, y si bien algunos tuvieron un yate en vez de una balsa, el golpe es igual de duro. Todos necesitamos cerrar heridas. Todos necesitamos hacernos fuertes.

Cierro los ojos y reflexiono, ya calmado, sobre absolutamente todo lo que me ha ocurrido durante mi tormenta personal. No ha sido la primera y eso me ha ayudado bastante; sin embargo, aún sigo perdido en la isla. Aún no he logrado escapar de mis miedos y mi pasado, no han sanado mis cicatrices. Aquí sigo esperando el momento de volver a nadar, flotar, dejarme llevar por el oleaje hasta donde quiera el destino. Aquí sigo esperando. Esperando. Esperando.

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